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En esta época de crisis cuyos efectos se manifiestan por doquier es más apremiante que nunca que afloren los impulsos positivos

A los gestores del poder, en todas sus áreas, les toca garantizar que la normalidad vaya imponiéndose sin excepciones ni reservas.

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La historia reciente del desenvolvimiento global, regional y nacional nos pone a todos los seres humanos ante un panorama de grandes desafíos, que van dejando situaciones críticas en forma sucesiva, con una gravedad e incertidumbre que no tienen precedentes al menos en el pasado más próximo. Esto, al mismo tiempo que generaliza todo tipo de angustias y ansiedades, tiende a generar más sensibilidad sobre la responsabilidad que a todos nos corresponde activar en los respectivos campos de incidencia y de actuación. Y ese es un factor que le está abriendo espacios a la conciencia de las más variadas maneras y por las más diversas vías. En otras palabras, así como los riesgos y los peligros se multiplican, también lo hacen los estímulos de mejora de la condición humana en todas las expresiones de la misma. Como reiteramos cada vez que la ocasión se presenta, no hay mal que por bien no venga, según afirma desde siempre la sabiduría popular.

El distanciamiento social que ha impuesto la pandemia del coronavirus nos tiene a todos en un aislamiento que se manifiesta de las más diferentes maneras, pero que en definitiva nos hace sentir las consecuencias psíquicas y emocionales correspondientes, como si estuviéramos en una especie de reclusión anímica sin aparentes salidas. Pasará la emergencia sanitaria, como siempre ocurre, pero sus derivaciones, en la forma que fuere, continuarán sin duda por largo tiempo, haciendo que nuestras vidas estén inevitablemente abocadas a nuevas expresiones de convivencia. Y aquí es donde hay que subrayar eso que afirmamos en el título de este Editorial: que es más apremiante que nunca que afloren los impulsos positivos, para valorar lo que tenemos pese a todas las adversidades acumuladas sucesivamente a nuestro alrededor.

La positividad, tanto en los objetivos como en los propósitos y en las líneas de acción y reacción, es un elemento insustituible para asegurar que toda la dinámica nacional pueda avanzar en forma coherente y progresiva. Hablamos, desde luego, de una positividad constantemente afianzada en el realismo tanto de los análisis como de los métodos y de las perspectivas. En El Salvador, entonces, hay que hacer un constante saneamiento de las prácticas tanto públicas como privadas, de tal modo que lo negativo no se imponga como tendencia y que lo positivo aflore con su propia espontaneidad. A eso se refiere una reconstrucción modernizadora en el real sentido de dichos términos.

Lo que debemos tener presente a cada instante es que el predominio de las disputas de intereses llevadas al plano de los máximos rechazos y de las más agresivas descalificaciones nunca dejan réditos para nadie, aunque en el respectivo momento pueda parecer lo contrario. Esas son las imágenes distorsionadoras que contaminan y distorsionan el ambiente hasta límites inmanejables. A los gestores del poder, en todas sus áreas, les toca garantizar que la normalidad vaya imponiéndose sin excepciones ni reservas.

Ponemos énfasis en el realismo porque cuando la irrealidad o la artificiosidad del tipo que sean logran prevalecer, según ha sido tan notorio entre nosotros en los tiempos más recientes, acaba imperando el absurdo en alianza con el desgaste.

Lo realmente importante es que haya coherencia sustentada en todos los ámbitos de la vida nacional, y hacia ahí debemos enfilar nuestras energías para consolidar el bien común por encima de cualquier otra consideración.

Reposicionemos, pues, lo positivo, en función de lograr que el país gane viabilidad y que la creatividad productiva se ubique permanentemente en primera línea, con todas las potencialidades que eso significa.

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