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En esta hora de destapes lo que está realmente en crisis es la vieja política

La era de la globalización, que comenzó siendo una simple apertura de los espacios comerciales, ha venido mostrando, a lo largo de los decenios más próximos, que se trata de un fenómeno de dimensiones y de proyecciones mucho más amplias y significativas.
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No es casual que en los momentos presentes se estén dando cambios renovadores por obra del dinamismo evolutivo que se vive en los diversos niveles globales: esta es una transformación que no responde a líneas ideológicas ni a designios políticos sectorizados, sino que, por el contrario, son las líneas ideológicas las que están en la picota y son los designios políticos los que se hallan en cuestionamiento sin precedentes.

Venimos de una época en que las acciones que se desarrollaban desde el poder –más allá de cualquier juicio sobre su legalidad o sobre su moralidad– estaban protegidas por superpuestos e infranqueables velos de impunidad, y esto ocurría prácticamente en todas partes, aun en aquellas sociedades en que había más experiencia de legalidad activa y de democracia en funciones, ya no se diga en países como el nuestro, atrapado por tanto tiempo en un autoritarismo sin respiraderos. Parecía que situaciones como ésta se iban a mantener por tiempo indefinido, porque no había señales de corrección verdaderamente funcional. La imagen del poder erigido en deidad omnipotente quería seguir viva y activa por doquier.

Pero si algo nos ha ido enseñando el devenir de los últimos tiempos es que el fenómeno histórico tiene claves ocultas que sólo se hacen visibles en el momento propicio. Y ahora lo que está quedando cada vez más en evidencia es la decrepitud de la vieja política, esa que sigue en pie aunque con necesidad creciente de prótesis coyunturales y apoyos artificiosos. Lo vemos en todas las latitudes: las formas, los esquemas, los procedimientos y los personajes políticos parecen, cada vez más, productos obsoletos, que muestran a cada paso el deterioro irreparable. Y esto no excluye prácticamente a nadie: ni a los que quieren seguir medrando mecánicamente en el pasado ni a los que quieren ganar futuro con viejas tácticas recicladas.

Acontecimientos como el destape de los llamados “Papeles de Panamá” revelan que es cada vez más difícil mantener bajo resguardo los mecanismos de la impunidad. No todas las empresas “offshore” son ilegales o mañosas, pero la figura se presta para que tras ella se escondan los que buscan escapar de los controles legales, especialmente los impositivos. Sabemos desde siempre que existen los llamados “paraísos fiscales”, pero lo que se puede cada vez menos es mantenerlos en el anonimato casi religioso. El caso de estos “Papeles…” tiene a un montón de gente “importante” en la picota global, y a esto se unen otros casos abiertos de corrupción gubernamental, como los que envuelven a la presidenta Rousseff y a la expresidenta Kirchner.

En verdad lo que ahora mismo está en expuesta y desenfrenada crisis es la vieja política, independientemente del lugar en que ésta se quiera hacer prevalecer frente a los impulsos renovadores de los tiempos que corren. Vieja política autoritaria y vieja política miope, entre las formas principales de la misma. La vieja política autoritaria pretende infructuosamente mantener en pie los esquemas del ideologismo extremo, al estilo de los que imperaban en la era del socialismo sovietizante. Vieja política miope es la que ha puesto en práctica Occidente en su relación con el mundo árabe, y los efectos depredadores están a la vista. Hay que evolucionar, y la política tendría que ser la punta de lanza; de lo contrario, lo político se va volviendo un lastre involutivo.

Los tiempos que corren vienen trayendo aperturas insospechadas hasta hace poco, pero también riesgos de extravío muy despistadores si no se atienden las señales de esos mismos tiempos. Hay que leer el guion de la realidad con sinceridad y con audacia, y hacerlo a diario, porque las cosas en esta época cambian constantemente. Sólo con esa disciplina es posible estar al día y responder apropiadamente a los múltiples desafíos del vivir actual.

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