En esta situación tan anormal que vivimos, el país pierde cada día más energías necesarias para salir de veras adelante

Puestas todas las cartas sobre la mesa, el resultado del análisis inicial indica que lo que en primer término ha faltado y continúa faltando es decisión firme y certera de hacer las cosas bien en todos los órdenes.
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La situación que se vive en el país desde hace ya tanto tiempo se va acercando cada vez más al escenario del desastre. Afortunadamente, hasta hoy el esquema político se ha mantenido estable, pese a las imperfecciones que presenta, algunas de ellas verdaderamente preocupantes; pero esa estabilidad de base está requiriendo muchas atenciones de mantenimiento, como las que requeriría una maquinaria con diversas fragilidades peligrosas. La política tiene que entrar, de inmediato para que los daños no comiencen a hacérsele inmanejables, en una fase de autoanálisis y de autocrítica, porque ya no puede seguir poniéndole oídos sordos a lo que piensa y siente la ciudadanía al respecto.

Como es evidente hasta la saciedad, lo que más afecta y desanima a la población en su desenvolvimiento cotidiano es la galopante inseguridad que no respeta límites de ninguna índole. Basta conocer las cifras de homicidios violentos para constatar que nos hallamos en situación verdaderamente calamitosa al respecto. También la extorsión hace de las suyas sin que haya en funcionamiento ninguna estrategia eficazmente orientada a controlar y revertir tal flagelo, que no tiene el dramatismo de la racha homicida que circula por todas partes, ensangrentando la cotidianidad con lujo de barbarie, pero que sí es un factor realmente erosionante de la estabilidad ciudadana en todos los sentidos.

Entre tanto, continúa prevaleciendo el dime que te diré entre los diversos actores que se mueven en el escenario nacional, como si el problema fuera una cuestión más de retórica que de realidad. Y, además, la clave no está ni puede estar en las reacciones instantáneas frente a acontecimientos específicos, como puede ser el caso verdaderamente escalofriante de la masacre de San Juan Opico: lo que en verdad se requiere es una política bien concebida, bien planificada y bien ejecutada para darle respuesta a la problemática en juego de manera integral. Hay que dejar en el baúl de los malos recuerdos opciones fracasadas como la “mano dura” o la “tregua”, y pasar en serio a nuevas proyecciones, que tengan sentido, viabilidad e incidencia real en el terreno.

Vemos cómo hay importantes empresas que están dejando de funcionar en el país, pero sobre todo esta anormalidad imperante limita el trabajo cotidiano de los salvadoreños de diversos estratos y niveles, que ahora mismo son rehenes de la delincuencia organizada, que les obliga a compartir buena parte del fruto de su trabajo honrado por medio de la intimidación y la amenaza. Ante todo esto, hay una pregunta inevitable: ¿Es posible que una sociedad pueda sobrevivir como tal cuando sus componentes estructurales se deterioran cada día más sin que haya visos de parar efectivamente tal tendencia destructiva?

Puestas todas las cartas sobre la mesa, el resultado del análisis inicial indica que lo que en primer término ha faltado y continúa faltando es decisión firme y certera de hacer las cosas bien en todos los órdenes. Y aquí la responsabilidad principal la tienen aquéllos que están en la primera línea de la conducción nacional. Se tendría que superar de inmediato la malsana tendencia a quedarse enclaustrado en los fanatismos y en las descalificaciones, para entrar con determinación y con fuerza en la fase de las realizaciones consecuentes. Es realidad con resultados positivos lo que la población espera. Hechos inequívocos, no palabras manipulables.

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