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En estas fechas tan inspiradoras se hace más que oportuno tratar de mover voluntades hacia lo positivo y hacia lo constructivo

La espiritualidad que se respira en estas fechas hay que recogerla y proyectarla como el efluvio sanador y vivificante que debe impregnar todas nuestras acciones y reacciones en cualquier circunstancia de la vida.
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Estamos a punto de celebrar la Navidad y de llegar al umbral del año que se halla a las puertas, y la atmósfera emocional y social que se crea siempre en estas fechas es propicia, más que ninguna otra del año, para enlazar la alegría, la devoción y los buenos propósitos. Es cierto que en nuestro convulsionado país los sucesos cotidianos se han vuelto experiencias angustiosas y peligrosas en muchos sentidos, y que temas candentes como el de la inseguridad mantienen a la población en ansiedad creciente; pero eso no puede ni debe cerrar los escapes posibles hacia una realidad mejor, que es la que la inmensa mayoría de los salvadoreños ansiamos y merecemos. Por el contrario, en tanto más desafíos angustiosos se hacen sentir más fuertes y decididas deben ser las energías que hay que poner al servicio de las buenas causas, y la principal de ellas es hacer que El Salvador y toda su gente encuentren de manera definitiva y actuante los beneficios de la paz, la solidaridad y el progreso.

En nuestro país se viene viviendo una crisis en la práctica de valores que ha erosionado constantemente los cimientos de la identidad y las estructuras de la convivencia. Esto se intensificó allá en las antesalas del conflicto bélico, cuando tomó cuerpo la tendencia a desestimar todo lo existente en función de promover un “cambio” total fundado en concepciones de absolutismo político. Concluida la guerra, se abrió el escenario para la construcción de la paz; pero la crisis de valores ha sido un anticuerpo distorsionador en muchos sentidos. Por eso hoy estamos más necesitados que nunca de recoger insumos restauradores y de revitalizar esquemas de nacionalidad sentida y practicada en serio. Esa es la tarea de refundación moral a la que estamos convocados por la misma dinámica de los tiempos.

De poco servirán todas las otras iniciativas si no hay un empeño bien organizado y conducido para recuperar energías sanas y hacer que imperen los principios fundamentales de la democracia. No olvidemos en ningún momento que no es posible darles vigencia plena a tales principios si no se asegura que el régimen de libertades fundamentales goce de plena y permanente salud, pudiendo sobreponerse a todas las amenazas y riesgos que siempre están al acecho. Para que esto se dé en la medida conveniente es indispensable hacer que valores como la justicia, el respeto, la integridad, el orden y la tolerancia tomen en todo momento el lugar que les corresponde.

Estamos profundamente necesitados de hacer sentir que lo positivo va haciéndose presente, a pesar de todos los embates malsanos que circulan por doquier. La espiritualidad que se respira en estas fechas hay que recogerla y proyectarla como el efluvio sanador y vivificante que debe impregnar todas nuestras acciones y reacciones en cualquier circunstancia de la vida. La Navidad en particular es el mejor símbolo de que el ser humano, por encima de todas las adversidades, está llamado a ser feliz en el más trascendental sentido del término.

En vísperas de la Navidad, que es una especie de manantial de inspiraciones en medio del desierto de cualquier realidad adversa, hacemos votos por que el espíritu de lo que se celebra en esta fecha, que es el nacimiento de Dios en la tierra, impregne de esencias fértiles y fecundas todo lo que hagamos de aquí en adelante, en función de la superación de los destinos personales y de la depuración de la vida colectiva.

Tags:

  • espiritualidad
  • conflicto belico
  • navidad
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