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En este mes del padre y del maestro hay que recapitular sobre las funciones esenciales para la vida

Las fechas significativas deben servir como estímulos para la consideración y el análisis de los fenómenos reales que se van sucediendo en el tiempo dentro de los marcos propios de cada sociedad.
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En este mes del padre y del maestro hay que recapitular sobre las funciones esenciales para la vida

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En lo que a El Salvador se refiere, la sociedad nacional es un muestrario vivo de situaciones muchas de ellas anómalas, aunque tampoco falten las que apuntan hacia nuevos horizontes de vida tanto personal como comunitaria. En todo caso, lo que los salvadoreños venimos necesitando desde siempre es un reconocimiento consciente de lo que somos y de lo que podríamos llegar a ser, sobre la base de nuestras condiciones concretas en todos los órdenes. Y en tal sentido, eso que llamamos “funciones esenciales para la vida” se presenta como factores insoslayables de una verdadera autorrealización nacional.

Es claro sin ninguna duda posible que la formación del ser humano, en cualquier tiempo y latitud, tiene dos escenarios claves: la familia y la escuela, a los que se suma siempre el escenario social en todas sus expresiones. Por consiguiente, atender a la estructura y a la funcionalidad de la familia es decisivo para asegurar que la vida se pueda realizar a plenitud, y en complemento también lo es el que la escuela en todos sus niveles contribuya a la configuración de la persona, por encima de todas las diferencias. En nuestro país, tanto la familia como la escuela han venido perdiendo bases fundamentales, y tal desintegración progresiva es seguramente el elemento activador de toda la problemática que vivimos y padecemos.

El machismo tradicional unido a la pérdida progresiva de valores está haciendo de las suyas, y si a eso se juntan los efectos disolventes de la ola migratoria ya podemos tener el panorama caótico en completo. Iniciar la recuperación al respecto debería ser una de las grandes metas nacionales. Esto implica emprender una auténtica cruzada restaurativa, con componentes como la responsabilidad, la afectividad y la proyectividad a la cabeza. Todos los liderazgos están en el imperioso deber de abanderar dicha cruzada, de cuyos resultados dependerá que el país en su conjunto pueda entrar en la ruta del progreso integral que tanto necesita.

El sistema educativo viene sufriendo quebrantos deshabilitantes desde hace al menos cinco décadas. A estas alturas, lo único que podría hacer que se inicie un proceso de refundación educativa en el más amplio sentido del término sería el replanteamiento desde las bases del sistema. No partir de cero, porque siempre hay cosas valiosas que preservar, sino alinear todas las piezas para que actúen e interactúen de manera armoniosa y creativa. El sistema educativo es un ser con vida propia, y así hay que tratarlo en todo sentido.

Lo más inquietante y deplorable de lo que viene sucediendo en áreas y temas como los mencionados es que no aparezcan signos evidentes y consecuentes de que está surgiendo la conciencia del imperativo de activar la visión abarcadora, que no deje cabos sueltos ni zonas opacas. Seguir en el menudeo de las iniciativas más bien alimenta la ineficiencia y estimula la frustración. No es de extrañar entonces que los problemas tiendan a enredarse cada vez más.

La evolución hay que enfocarla de abajo hacia arriba, para saber cómo están las raíces antes de querer interpretar el estado de las ramas. Y esto es todavía más crucial cuando se trata de realidades –como la familia y la escuela– que en ningún caso se pueden dejar impunemente de lado, como ha sido la tentación reincidente entre nosotros.

Los salvadoreños, aunque actuemos casi siempre “asumiendo demencia” al respecto, estamos urgidos de revitalizar nuestros esquemas familiares y de reedificar nuestras estructuras educativas. Hay que repetirlo sin reservas una y otra vez.

Cuando la familia florece la educación fructifica. Pero para producir tales resultados se requiere fertilizar el terreno social y sanearlo con la periodicidad debida.

Aunque no se haya hecho a tiempo lo indicado, nunca es tarde para rectificar en la vía correcta.
 

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