En este tiempo tan convulso que vivimos el terrorismo lanza golpes destructivos que mantienen al mundo en constante emergencia

Tenemos que activar, pues, cuanto antes nuestras propias estrategias contra el terror interno, que nos está succionando energías cotidianamente, con todos los efectos erosionantes que eso acarrea.
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El ataque asesino que las fuerzas del extremismo yihadista han llevado a cabo ayer mismo en Bruselas ha vuelto a activar todas las alarmas especialmente en las zonas del mundo que están más expuestas a este tipo de terrorismo, y en general como una onda expansiva que abarca todas las latitudes. Desde los atentados de septiembre de 2001 en Nueva York, que abrieron una nueva era de terror dirigido a los principales centros del poder occidental, los atentados extremistas se han venido sucediendo en forma periódica, dejando una estela de sangre y horror que parece no tener control posible ni fin previsible.

No cabe duda de que los principios básicos de la vida civilizada están hoy más que nunca en riesgo máximo, y todo hace ver que la barbarie sigue en pie, pese a todos los avances civilizadores que se vienen dando a lo largo de las décadas más recientes. El extremismo político mezclado con el fanatismo religioso constituyen una fórmula de altísimo poder destructor, y el hecho de que se haya llegado a los límites en que ahora estamos muestra sin lugar a dudas que hay que poner en marcha una estrategia realmente articulada por todos los países libres para que el mundo no acabe paralizado por las amenazas y los estragos del mal.

Es necesario establecer una estructura de defensa de los valores civilizados, que vaya más allá de los meros ejercicios políticos y militares convencionales. El yihadismo es actualmente la expresión más visible de ese endiosamiento de la violencia que se pone por encima de toda moral y de toda racionalidad; pero el terror tiene innumerables manifestaciones en un mundo que parece haberse extraviado en las rutas de su propia evolución. Esto implica que hay que replantearse en todo sentido la realidad en la que estamos inmersos, a fin de poner en marcha un nuevo orden global, regional y nacional que permita reordenar todos los esquemas de la convivencia.

Si se continúa en las condiciones actuales, muchas de las conquistas que se han logrado en los ámbitos políticos, sociales y económicos quedarán a merced de los impulsos más primitivos y de los atentados más salvajes. Es hora de poner a la civilización frente al espejo de sí misma, para que las imágenes resultantes sirvan para implantar sin reservas esa cultura diferente basada en el respeto, la solidaridad y la paz.

Un país como el nuestro no es ajeno a los embates terroristas, aunque éstos tengan otros orígenes y otras dimensiones. La violencia imperante en nuestro suelo no es política ni religiosa, sino producto de los trastornos estructurales que nos aquejan; pero los estragos vienen a ser, en definitiva, igualmente destructores, ya que le ponen frenos constantes al normal desarrollo de la vida tanto de los individuos como de las comunidades. Tenemos que activar, pues, cuanto antes nuestras propias estrategias contra el terror interno, que nos está succionando energías cotidianamente, con todos los efectos erosionantes que eso acarrea.

El mundo tiene que reaccionar en serio y categóricamente frente a la barbarie que lo golpea; y eso significa que el plan antiterrorista debe partir de un esquema de acción que vaya al fondo de la violencia que está en juego constante. Sólo en esa forma podremos avanzar hacia un mundo más convivible y seguro.

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