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En estos años de inseguridad generalizada el auxilio de la fe es un soporte anímico de valor insuperable

Dios, que representa la fuerza máxima en todas las dimensiones imaginables y posibles, no está sujeto a las caracterizaciones que le asignemos los seres humanos.
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Voy a hacer referencia una vez más –y lo he hecho infinidad de veces desde que lo leí por primera vez allá en la infancia cuando aquella lectura me marcó indeleblemente– al consejo final de la novela de Alejandro Dumas “El Conde de Montecristo”, publicada en París en folletín, como era el formato popular de la época, entre 1844 y 1846; es decir, hace ya más de 170 años, como si nada. Edmundo Dantés, el Conde, le dirige una carta a Maximiliano Morrel, hijo del señor Morrel, que fue benefactor de Edmundo cuando éste padecía su condena injusta en un calabozo del Castillo de If, en el mar frente a Marsella: “Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuán buena y hermosa es la vida. Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que hasta el día en que Dios se digne descifrar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡Confiar y esperar!”

Y esas dos palabras tan entrañablemente inspiradoras y reveladoras son los dos pilares vitales de la fe, en el más amplio sentido de este término. Se tiene fe cuando hay confianza y esperanza habilitadas para ello, y como el dador fundamental de ambas es Dios, es hacia Él a donde dirigimos en primer lugar nuestra voluntad y nuestra convicción de creer; pero en verdad la fe tiene expresiones más amplias y expansiones más abarcadoras, que parten de un espacio perfectamente identificable, que es propio de cada quien: la estancia interior de los sentimientos y las emociones. Esto nos hace considerar que toda fe, en cualquiera de sus formas, se funda en la confianza y en la esperanza que emanan de la intimidad del ser individualizado y personalizado. Así las cosas, quien no tiene fe en sí mismo no puede tenerla verdaderamente en nada más.

La fe funciona a plenitud cuando la confianza y la esperanza en el propio ser se enlazan con la confianza y la esperanza en el Ser que está sobre cada uno de nosotros y que nos envuelve en la máxima expresión de libertad, que es saber y sentir que somos al mismo tiempo entes de fugacidad y entes de eternidad. Todo esto quiere decir que nunca podríamos estar completos si no tenemos bien arraigados y bien administrados tanto nuestro sentido de vida terrena como nuestro sentido de vida trascendental, que en definitiva son uno solo. En esa línea, la fe se convierte en fórmula eficaz de perfección. Y aquí quiero traer a cuento el mandato supremo de Jesucristo en el Sermón de la Montaña, allá en las orillas del Mar de Galilea: “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto”. ¿Cómo podría habernos dado Él dicho encargo si no tuviéramos las condiciones para cumplirlo? Y evidentemente el instrumento para lograrlo es la fe, en las dos dimensiones complementarias que acabamos de señalar.

Dios, que representa la fuerza máxima en todas las dimensiones imaginables y posibles, no está sujeto a las caracterizaciones que le asignemos los seres humanos. Dios es Dios, y aunque la dirección que se tome para comunicarse con Él admita todas las variantes que la voluntad humana disponga para ello, allá al fondo hay una sola presencia animada a revelarse. Pero tal revelación Él nos la deja como tarea que nosotros debemos propiciar y encaminar. El enigma divino tiene un propósito constructor: que la fe no sea un don pasivo sino un instrumento activo. Quien hoy mejor entiende y proclama esto es de seguro el Papa Francisco.

Al ser así, los seres humanos personificados debemos asumir el reto y la oportunidad de hacer de la fe el mecanismo de la realización mayor. Esto es responsabilidad enteramente nuestra, porque el poder de Dios es tan grande y tan generoso que en ningún sentido nos hace la tarea –aunque eso es lo que quisiéramos y se lo pedimos en todas las formas imaginables– sino que nos ofrece el privilegio de autorrealizarnos para merecer ser considerados criaturas a su imagen y semejanza.

Tengamos presente que Dios, precisamente por ser la imagen de la perfección, no podría actuar como un padre sobreprotector. Es un guía pleno que nos enseña a cada instante las potencias de la libertad por medio de los consejos de la fe. Y así es cómo la fe se vuelve verdaderamente liberadora: haciendo que las energías personales construyan el particular destino, en esta dimensión y en todas las otras dimensiones posibles.

Confiar y esperar, como enseñaba el Conde antes de partir hacia su lejanía. Nada le está vedado a nadie en esa ruta en la que la conciencia y la trascendencia son las dos velas mayores de la misma nave, que es la vida haciendo su trayecto.
 

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