Lo más visto

En estos días, lo espiritual debería ser lo más importante

Deseamos a todos los salvadoreños y salvadoreñas una Semana Santa colmada de propósitos de renovación, desde la raíz del ser de cada uno, que es donde está el vínculo palpitante entre lo humano y lo divino.
Enlace copiado
Enlace copiado
Estamos iniciando la Semana Santa, que es la época del año en que se hacen más visibles y sensibles los sentimientos del culto cristiano, porque se conmemora el sacrificio del Dios encarnado, que culmina con su resurrección. Es decir, el triunfo del Espíritu tras la prueba suprema de la muerte física. Desafortunadamente, con el paso del tiempo, estos días han venido dejando de ser en nuestro ambiente un espacio de reflexión y de recogimiento para convertirse en un mero paréntesis de descanso laboral y de distracción reparadora de energías. Y los efectos de tal desfiguración repercuten de muchas maneras en el acontecer social.

Es claro, y prácticamente todos los signos de la realidad cotidiana lo demuestran, que los salvadoreños padecemos un fenómeno de desarticulación profunda de la convivencia nacional.

Tal desajuste se percibe, con especial dramatismo, en aspectos como la inseguridad ciudadana, que ha venido ganando terreno en forma verdaderamente alarmante a lo largo de los ya más de 20 años de posguerra recorrida. Esto parece una paradoja trágica: la violencia de la posguerra tiene muy poco que envidiarle a la violencia de la guerra, y en algunos sentidos es más grave y destructiva. Y eso que el fin de la guerra fue ejemplarmente pacificador.

Hay crisis de valores, que se refleja en distintas formas del comportamiento personal y social. Y dicha crisis está vinculada en forma directa con el funcionamiento de la familia, con el desempeño de la función educativa y con la falta de un ejercicio espiritual que fortalezca al individuo para su propia función en la vida. Son todos ellos factores que, al conjugarse en el plano de los hechos, se vuelven viveros de incertidumbre, de desconcierto y aun de angustia. No es de extrañar, entonces, que la voluntad de irse del país en busca de nuevo horizonte siga tan viva, aun con todos los riesgos y problemas que lleva consigo la migración irregular.

Los salvadoreños tenemos grandes experiencias acumuladas desde siempre, y muy en especial de los períodos de la guerra y de la posguerra. Pero ha faltado la voluntad y el empeño necesarios para poner todas esas experiencias al servicio de un país cada vez mejor. Por ello repetimos errores y reincidimos en perversiones que ya deberían ser parte de las lecciones del pasado, en vez de mantenerse como amenazas activas en el presente. Y esto sólo podrá remediarse con mucho análisis del fenómeno real, auxiliado por un soporte espiritual que haga posible el redimensionamiento de todas nuestras prácticas nacionales.

Cuando hablamos de espiritualidad no nos referimos a un concepto etéreo, sino todo lo contrario: al reconocimiento de que lo real también es espíritu. Justamente en estas fechas de Semana Santa eso se hace patente, por lo cual el momento debería servir de estímulo para la ventilación salutífera de todas nuestras actitudes, en lo humano, en lo político, en lo social, en lo económico, en lo educativo y en lo cultural.

El símbolo cristiano por excelencia es la resurrección. Pues bien: tomemos eso como norma básica de vida, haciéndolo vivencia individual y proyectándolo como renacimiento colectivo.

Deseamos a todos los salvadoreños y salvadoreñas una Semana Santa colmada de propósitos de renovación, desde la raíz del ser de cada uno, que es donde está el vínculo palpitante entre lo humano y lo divino. Asumirlo así es hoy más necesario que nunca.

Lee también

Comentarios