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En estos días propicios para la reflexión hay que mover voluntades hacia lo constructivo

Ninguna sociedad puede ser pacífica y próspera si sus estructuras interiores no se mueven con la debida armonía. Y lo primero es entender y aceptar que el convivir armonioso es lo natural en cualquier conglomerado que busque lo mejor para todos sus integrantes. Esto es una ley universal.
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Estamos entrando en un breve período vacacional con motivo de las conmemoraciones religiosas de la Semana Santa, que es aprovechado también para tener unos días de distensión en medio de todos los apremios y complicaciones que caracterizan el diario vivir de los salvadoreños en los aciagos tiempos que corren. Y la ocasión es aún más oportuna porque acabamos de salir de una prueba electoral muy intensa, que además concluyó con resultados que han causado conmoción y expectativas de alto voltaje entre todos los participantes, con la nota adicional de que nos hallamos ya inmersos en la campaña presidencial más desafiante de los tiempos recientes.

La necesaria reflexión sobre el presente tiene que empalmar con la oportuna reflexión sobre el futuro; y eso puede ser más ilustrativo al hacerlo en una atmósfera que, aunque sea fugazmente, es propicia para tomar las cosas con más calma, como ocurre en estos días de paréntesis con proyección espiritual. Lo primero que tendría que plantearse, entonces, es el propósito de adecuar las actitudes de todos los actores nacionales a los requerimientos de un momento histórico sobrecargado de desafíos complejos y acuciantes.

Nuestra situación nacional viene estando saturada de acciones y reacciones caracterizadas por la negatividad, tanto en lo político como en lo social. Se ha implantado en el ambiente una tendencia obsesiva al choque de posiciones, sin que se abran espacios para el manejo responsable de las naturales diferencias que se dan dentro del pluralismo democrático. Y como esto se ha venido dando desde hace ya tanto tiempo, los impulsos de renovación constructiva parecen iniciativas ingenuas sin capacidad de hacerse valer en serio.

Pero en contraste con lo que mucha gente piensa, si algo es una necesidad imperiosa entre nosotros es desplegar un modelo de convivencia que, en todos los órdenes de la interrelación política, social y comunitaria, sea capaz de remover los obstáculos de conducta que aparecen constantemente en el camino para que pueda haber interacción responsable, cooperación oportuna y refuerzo permanente de los mecanismos de apoyo mutuo en los diversos planos del quehacer ciudadano.

Ninguna sociedad puede ser pacífica y próspera si sus estructuras interiores no se mueven con la debida armonía. Y lo primero es entender y aceptar que el convivir armonioso es lo natural en cualquier conglomerado que busque lo mejor para todos sus integrantes. Esto es una ley universal.

Al interiorizar el imperativo de una existencia y una coexistencia que respondan a principios y a valores de validez incuestionable desde siempre, lo que podría lograrse es que la dinámica social en todos sus niveles esté fundamentada en la razón, en el orden y en la sana conciencia. Pensemos en todo ello con el propósito de favorecer el progreso en su exacto sentido.

Bastan unos minutos de reflexión constructiva para ir asumiendo las claves de una vida mejor. Aprovechemos estos días propicios para hacer ese ejercicio de autoconocimiento. Eso es apuntarle a la mejoría integral.

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