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En gran parte lo que ahora ocurre era anticipable y eso debe servirnos de lección para no dejar cosas en el aire

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Siempre a merced de los impulsos de hacer y de no hacer las cosas sin medir los efectos reales de ello, como si nunca, pasara lo que pasara, fuéramos a tocar fondo, y ahora estamos prácticamente con el agua al cuello.

Si bien el fenómeno pandémico que ha desatado, por su propia naturaleza, múltiples consecuencias en el ambiente, no podía preverse como talantes de que llegara como una invasión natural de grandes proporciones a todos los espacios de nuestra realidad nacional, las condiciones deplorables que prevalecían en el ambiente cuando eso se dio sí podían haber sido diferentes, siempre que hubiera habido por tradición  una práctica constructiva y preventiva desplegada oportunamente en el tiempo, conforme a las condiciones  propias de cada etapa de nuestro desenvolvimiento histórico sucesivo.

Lo anterior hubiera implicado, entre otras cosas básicas, ahorro bien administrado, probidad constante en el manejo de los recursos públicos y en el cuidado de las escasas riquezas nacionales y una voluntad creativa permanente en función del progreso nacional ajustado a las circunstancias. Pero desafortunada e imperdonablemente nada de eso se dio y por el contrario siempre a merced de los impulsos de hacer y de no hacer las cosas sin medir los efectos reales de ello, como si nunca, pasara lo que pasara, fuéramos a tocar fondo, y ahora estamos prácticamente con el agua al cuello, sin posibilidad inmediata de revertir los daños tan irresponsablemente causados o permitidos.

Si bien el origen y el despliegue pandémico no se podían prever, y en muchos sentidos ni siquiera imaginar antes de que se pusieran de manifiesto, muchos de los efectos posteriores sí están marcados por las deficiencias que han prevalecido y en buena medida aún prevalecen en áreas como la atención sanitaria institucional y como las fragilidades persistentes en el ámbito de las oportunidades y la estabilidad del empleo. En nuestro país se viene descuidando sistemáticamente la normalidad de la vida social, lo cual fragiliza todo lo demás. Ahora lo vemos y lo experimentamos con más claridad que nunca, y esto debe ser considerado como una novedosa oportunidad para recomponer muchas cosas y habilitar otras.

Después de estar ya por más de seis meses en condiciones excepcionalmente atípicas, lo que se nos presenta a todos los salvadoreños es una oportunidad sin precedentes para hacer que el rumbo del país se estabilice en forma precisa y segura. Y lo más curioso experimentalmente hablando es que estén coincidiendo el agotamiento de las prácticas tradicionales de manejar la dinámica política con el surgimiento de nuevas prácticas que tienden al orden en los procedimientos para llevar al país hacia adelante.

Estamos pagando las consecuencias de ser irresponsables ante el fenómeno histórico sucesivo y a la vez nos hallamos en proceso de cambio orientador que debe ser asumido con todas sus consecuencias y posibilidades. Esta, pues, es una coyuntura excepcional a la que hay que sacarle todos sus beneficios. Así podremos avanzar hacia una era de prosperidad fundadora, que es lo que nuestra sociedad y su gente han venido ansiando por tanto tiempo.

Las verdaderas consecuencias de dejar cosas en el aire sólo se pueden dimensionar cuando el descuido o la dejadez se han hecho presentes y esa es una de las razones principales para evitar esa conducta irresponsable.

Evitémosla, pues, con la anticipación debida, para no exponernos a las pérdidas y a los trastornos derivados, que al acumularse se vuelven más gravosos, y con frecuencia se hacen irreparables en el tiempo.

Hay que solventarlo todo a cabalidad y a tiempo.

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