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En la Semana Santa

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José Miguel Fortín Magaña

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Cada año, desde tiempos anteriores a la historia como ciencia, el pueblo judío celebra la Pascua ("Pésaj"), en donde se conmemora la libertad de los hebreos de la esclavitud de Egipto, relatada en el Éxodo por la Toráh o el Pentateuco; y concordando con esa celebración cargada de simbolismo, los cristianos celebramos el tiempo en donde Jesús Cristo se convirtió por voluntad propia en el "cordero inmolado" para redención de nuestras culpas, resucitando, de acuerdo con nuestra fe, al tercer día, según las Escrituras.

Independiente de la datación histórica, la celebración debería ser para todos nosotros un recuerdo de ese sacrificio supremo y de nuestra creencia en un Dios vivo, para proclamar, como diría San Pablo, que si Él no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe. Acaso por eso, los enemigos de la verdad insisten, contra toda evidencia, que Jesús no existió; o que habiendo vivido, su tumba ha sido descubierta, con el cadáver dentro. Pobres intentos de luchar contra el Espíritu Santo que nos alienta.

A un poco más de dos mil años del nacimiento de Jesús, los cristianos nos encontramos diseminados en prácticamente todo el mundo; y aunque Su palabra no es todavía escuchada en latitudes ocultas, como zonas de la Amazonía suramericana, o reprimida en vastas porciones de Asia y África, por regímenes totalitarios como el de China, Arabia Saudita o Irán; aun cuando se masacra a poblaciones enteras de cristianos, con el silencio cómplice de Occidente y de la ONU; como sucede en Chad, Congo, República Centroafricana, Kenia; y solo en este año en Nigeria, donde su presidente musulmán y la etnia Fulani han asesinado a cerca de 4,000 personas y desplazado a cerca de treinta mil familias por el simple hecho de seguir a Cristo; a pesar de todo eso, la fe se propaga y se mantiene fuerte, contra la corriente laicista imperante en Europa y las Américas.

Hoy recordamos la semana en que Nuestro Señor se entregó, desde la oración en el huerto de los olivos, la presentación frente a Pilatos, la flagelación e insultos por una turba que como hoy, odia sin buscar la verdad, la crucifixión y muerte, acompañado entonces solo por Su madre y el discípulo amado, pero abandonado y traicionado por todos los demás; pero sin duda, esta celebración culmina con el día domingo, cuando Cristo venció la muerte y resucitó.

Muchos utilizarán la semana de vacaciones para relajarse y descansar; lo que no es malo y por el contrario, después del trabajo intenso, es deseable. Pero no deberíamos olvidar el sentido último de la fiesta: el sacrificio por amor a la humanidad y su redención.

Siempre he dicho que no hay peor defecto que la ingratitud; y me temo que en aquel tiempo, como hoy, seguimos siendo indolentes y preferimos anteponer nuestras pasiones a la suprema acción de quien sin necesitarlo dio Su vida por nosotros.

Hoy he querido salir del esquema de escribir sobre política, porque el tiempo lo merece. La vida me ha llevado a defender causas que no suelen ser populares y me ha tocado enfrentarme desde con presidentes hasta con candidatos; y he intentado siempre ser congruente y decir lo que genuinamente creo. Eso me ha traído innumerables insultos y amenazas; y hoy creo conveniente hablar sobre algo que tampoco parece ser ya popular en nuestra tierra, seguir a Cristo. Pero como dijo Mike Pence, "soy cristiano, conservador y republicano; en ese orden"; y si esto ha de provocar nuevos insultos, benditos sean.

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