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En la arboleda

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Todos los seres humanos, en nuestra condición personal, somos una individualidad irrepetible poblada de presencias que nos identifican sin posibilidad de confusión.

Y eso significa que cada uno de nosotros es un cúmulo de vínculos perfectamente diferenciados. No podemos ignorar que estamos en el centro de un enlace muy particular entre los cuatro elementos clásicos: aire, tierra, agua y fuego. Tomar la debida conciencia de ello nos convierte en testigos originales de nuestra propia realidad, que es el ámbito donde se mueve el destino personalizado.

Cada quien puede dar testimonio de ello. En lo que a mí corresponde, me siento desde siempre entrañablemente identificado con el universo vegetal, aunque también en el mundo animal tengo enlaces anímicos profundos. Cuando lo pienso, de inmediato se me van apareciendo los árboles que he ido conociendo a lo largo del tiempo, desde los conacastes y los morros de la hacienda junto al río Lempa hasta los pinos y los naranjos de la finca junto al río Las Cañas.

Y en la ruta surgen también los guayabos, los guachipilines, los mangos, los pitos, los güiligüishtes, los caimitos, los amates, los cedros, las araucarias... ¡Una caravana perfecta, que me va acompañando en el curso de la vida, aunque no siempre me dé cuenta de ello! Hoy, aun en los espacios urbanos más inhóspitos, me siento emocionalmente rodeado por la hermandad de los ramajes y por la amistad de las hojas que tiemblan en la brisa y se animan en la luz.

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