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En la democracia, todo puede resolverse con inteligencia práctica

Desafortuna- damente, lo que siempre busca imponerse en el país es el fanatismo, la intolerancia y la obsesión acaparadora del poder.
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<p>Una de las ventajas funcionales de la democracia es que, si se va desenvolviendo en la forma debida y tiene los acompañamientos adecuados, provee mecanismos y herramientas para dinamizar procesos y resolver desperfectos. Por ser un constante ejercicio de balances y equilibrios, el proceso democrático es un progresivo adiestramiento en lo que significa interactuar con habilidad, respeto y creatividad pragmática, de tal manera que las diferencias naturales dentro del pluralismo no se conviertan en trincheras para la refriega y las dificultades que hay que enfrentar en común sirvan de estímulos en vez de ser fuentes de desaliento y frustración.</p><p>Pero, desde luego, nada de esto opera en forma mecánica: tiene que ser movido por ánimos dispuestos y por voluntades decididas. Desafortunadamente, lo que siempre busca imponerse en el país es el fanatismo, la intolerancia y la obsesión acaparadora del poder. Todas ellas son expresiones de una inmadurez crónica, que afecta, con mayor o menor intensidad, a las distintas fuerzas nacionales, y muy particularmente a sus liderazgos. En otras palabras: lo que el país y su proceso están necesitando es que sus distintos sectores y actores evolucionen en madurez, para que se vuelvan factores de progreso efectivo y de estabilidad real.</p><p>No podemos desconocer, porque sería desentenderse de la realidad tal como esta se manifiesta, que la democracia es competencia constante, y por ende pugna permanente. Lo que sí hay que tener claro y poner en claro sin reservas es que se trata de una competencia normal y de una pugna constructiva. La anormalidad y la destructividad derivan de las actitudes que se ponen en juego. Y en el país, como es evidente para cualquiera que se decida a verlo, hay un gran descontrol de las actitudes, que están casi siempre enmarañadas con intereses particulares y desnaturalizadas por los prejuicios y los fanatismos.</p><p>Necesitamos fumigar los más escondidos rincones del ambiente político y fertilizar aquellas zonas del mismo que muestren signos de renovación. La ciudadanía manifiesta creciente conciencia de que el sistema político y electoral no puede seguir como ha venido estando hasta la fecha. Ahora mismo nos hallamos en los primeros tramos de la nueva campaña presidencial, y las carencias y falencias del sistema se hacen más notorias en etapas como ésta. El contraste entre lo que pretenden las fuerzas partidarias y lo que quiere la ciudadanía resulta cada vez mayor, y este es uno de los signos principales de la necesidad de que la política nacional se recicle.</p><p>En este preciso momento del país, viene a desatarse una crisis institucional que afecta especialmente a la administración de justicia. Dentro del Órgano Judicial ya hay bandos en pugna, por efecto de la falta de solución del conflicto entre las decisiones de la Asamblea Legislativa y las resoluciones de la Sala de lo Constitucional. Esto requiere, cuanto antes, un entendimiento político de base. Todos los involucrados deben hacer uso de la inteligencia práctica que provee el ejercicio democrático. De no hacerlo, la disputa se profundizará, con efectos crecientemente dañosos para el país entero. Es hora de que la política demuestre que funciona en serio.</p><p>Si continuamos dejando que las pasiones y los pasionismos sean los que lleven el timón de la política nacional, nos encaminaremos fatalmente a la ingobernabilidad y aun al caos. No hay ninguna justificación para que esto se dé. Acudamos a la razón como recurso de despeje y de salida.</p><p>&nbsp;</p>

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