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En la distancia, la patria también duele

Berlín. He confesado en otras oportunidades esa necesidad irrefrenable que siento de alejarme, aunque sea imaginariamente, cuando mi vetusto estado de ánimo ya no tolera la agobiante situación del país. En esta ocasión decidí hacerlo a mi no desconocida vieja Europa, acaso también para desviar morbosamente la atención de un viaje de ensueño largamente acariciado, que nunca pudo materializarse.
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Me acompañaron dos seres queridos, mi amoroso hijo (Francisco Héctor) y un sobrino excepcional (Francisco Eduardo). Se alejaron físicamente de sus familias y de sus faenas, para compartir con un viejo sus desvaríos y, sin duda, aliviar sus penas. Los cuidados que me dispensaron adquirieron dimensiones insospechadas, cuando constaté una de tantas noches que ambos velaban mi sueño, mientras desde sus teléfonos inteligentes mantenían un contacto permanente con sus seres queridos y un control operacional de sus pequeñas empresas, lo que yo aprovechaba para comunicarme con mi adorada hija, Ana Cristina.

Sin embargo, esos mismos aparatitos me mantenían en permanente desasosiego, ya fuera a través de noticias de acontecimientos de bulto,   como la pantomima reciclada de ARENA, y otros asuntos propios de parroquia, a los que también nos tienen acostumbrados nuestros flamantes dirigentes. En tiempo real me enteré de la controversia absurda sobre qué es lo prioritario: construir un nuevo hospital para atender a una población enferma que no tiene límites, o un lujoso edificio para la AL. De paso me informé de las computadoras para extraterrestres que adquirió doña Lorena; de las decenas de plazas fantasmas creadas por el anterior mandamás de la AL y de los empleos que el FMLN les consiguió a los diputados expulsados por los electores y de la defensa infantil que de ellos hizo el secretario general del partido; caso que seguramente será seguido por la activación de la Ley (no el mal) de Parkinson. Tampoco pude ignorar la noticia del diputado independiente sin curul, mientras el FMLN usurpaba oficinas, ni el cuestionado nombramiento del nuevo jefe de fracción del partido tricolor. Y, menos, las escandalosas movidas financieras del exalcalde capitalino.

Nos encabronaron las quejas del diputado por el bajo salario que recibe, un pobre rico que no se imagina el sacrificio monetario que implicó alejarme un poco de las chabacanadas de los políticos, que dilapidan nuestros impuestos en un santiamén, para no hablar del caso Funes. Mientras tanto, continuaba persiguiéndome la pesadilla de la delincuencia desbordada, hoy dramatizada por tanto “feminicidio”, la indetenible corrupción y el extraño silencio de Probidad. Igualmente, la duda sobre el destino que se le da a las grandes cantidades de droga decomisada, entre otras nimiedades.

Tampoco pude evitar las necedades y trampas del presidente de la FEDAES, ni obviar la lucha de aquellos buenos salvadoreños para que no se dé marcha atrás en el control constitucional, con  nombramientos de personas mediocres, vendidas al partido gobernante y proclives a promover la involución de la institucionalidad democrática, hoy sobre las espaldas de cuatro distinguidos   profesionales, orgullo nacional y dignos representantes  del gremio de abogados.
Algo faltaba. Eventualmente encontramos a paisanos que han buscado en el Viejo Continente el espacio que les negó su tierra, aunque al preguntarles sobre el apoyo de las respectivas delegaciones diplomáticas, optaron por el silencio. Conclusión: Así como la bendita tecnología me mostró sus virtudes para mejorar nuestras vidas, se volvió contra mí al mantenerme informado del drama que vivimos los salvadoreños.
 

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