En la hora actual

Hay momentos en que dan ganas de irse a vivir a una aldea perdida, fuera de todas las convulsiones del mundo contemporáneo.
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Y es que lo que llamamos civilización viene haciéndose cada vez más invivible, por las traumáticas distorsiones que caracterizan a eso que se ha dado en llamar desarrollo. Necesitamos aire libre, agua fluyente, colinas apacibles, senderos seguros y, sobre todo, vecindarios inspiradores. Los que tuvimos la inmensa fortuna de crecer en los espacios campesinos de aquellos tiempos, cuando el siglo XX aún montaba a caballo y las ciudades eran viveros compartibles, tenemos de pronto la sensación de haber sido transportados a una galaxia diferente, en la que casi todo es virtual y casi nada es virtuoso. Pero tal experiencia evolutiva tiene, por lo que es en sí, y pese a los trastornos que la caracterizan, un poder casi mágico. Es como ser viajeros del tiempo, sin necesidad de ningún auxilio de la ciencia-ficción. Nos movemos hoy en el mundo global y nos desplazamos en el tiempo transversal. ¿Pudo alguien imaginar semejantes ejercicios de tránsito? Nadie, ni los más avezados previsores del futuro. Aguardemos, pues, lo que vendrá, desde nuestra aldea imaginada. Cualquier cosa puede pasar; y, como siempre, hay que apostarle a lo mejor.

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  • trauma
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  • espacio
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