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En materia Constitucional...

Hace unos días me hice miembro de un club llamado, por razones de caché, “La Nouvelle Société Constitutionnaliste”, a cuyos miembros llamaremos solo “constitucionalistas”.
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<p>[email protected]&nbsp;</p><p>Los requisitos para ser miembros son elementales: bueno, francamente son no existentes, entre menos conocimiento y experiencia en jurisprudencia mejor, pues no hay reuniones, reglas o preceptos, carece de juntas directivas, una sociedad etérea: Usted simplemente se declara “constitucionalista” y... ya como nuevo miembro, me declaro fiel seguidor de las corrientes “espiritistas” y “pétreas”.</p><p> Creo firmemente que la Constitución de la República es un documento sagrado, cuya sabiduría emana de Dios. No es un documento inerte, ni un manual de mecánica, textualmente la tuerca para allá, la tuerca para acá, al contrario, lo creo poseedor de una vida muy especial, que tiene alma, con un espíritu de vocación protectora.</p><p>Una misión única: proteger al ciudadano de sus gobernantes y su más férrea barrera se llama Sala Constitucional, el más potente escudo entre nosotros y los inquilinos de turno, específicamente aquellos que no aceptan ni la temporalidad ni la naturaleza de su servicio.</p><p>Creo también que es un documento pétreo, que no está escrito en papel bond con tinta china para borrar y cambiar a gusto propio, ¡no! Es pétreo en su totalidad, cada letra, cada punto, cada tilde, está escrita en piedra. ¿Se puede cambiar? ¡Claro que sí! pero no con leyes de desayuno (madrugones), berrinches o triquiñuelas. El cambio de una tan sola letra debe de ser sujeto de un proceso agónico y doloroso, de un debate profundo y participativo, un consenso de la sociedad en su totalidad. Este fue, es y será el espíritu del legislador constituyente en cualquier democracia, por esa razón sus cambios requieren mayoría calificada, ratificación del Ejecutivo, ratificación de la siguiente sesión de la Asamblea, y pasar, con el tiempo, el escrutinio de posibles demandas ciudadanas ante la Sala Constitucional.</p><p>Bueno... habiendo establecido las reglas a las cuales me suscribo como “Nouveau constitutionnaliste”, hagamos gala de mi nueva membresía: Reclamo que de inmediato se declare inconstitucional el Protocolo de Tegucigalpa. Simplemente no podemos, como nación soberana, vivir con el espectro de él. No me gusta así que allí voy, con la caravana de la alegría, a consultar el oráculo en las tierras de Godoy. Simplemente no es razonable. Demando que se suspendan todas las celebraciones en el mes de nuestra independencia hasta que esta se recupere. Vamos a hacer algo inédito, vamos a tomar nuestras nuevas atribuciones ciudadanas, donde cualquiera puede declarar algo inconstitucional, y declarar la ley de partidos inconstitucional. Alguien dirá que no se puede ya que todavía no es ley, ¡tecnicismos! ¡Insignificantes detalles! Esta es la atmósfera de hoy en día. Por qué habría el ciudadano no militante pagar por la existencia de los partidos políticos, el art. 7 dice: “Nadie podrá ser obligado a pertenecer a una asociación...”, si me obligan a pagar me están condenando al peor de los impuestos: a pagar sin representación.</p><p> Todo esto de la transparencia, del financiamiento, la proveniencia de los fondos, etc., es un cortina de humo para desviar nuestra atención del meollo de la cuestión. ¿Quién elige a los funcionarios? ¿Las cúpulas o el pueblo? Insisto, nada cambiará hasta que no dividamos a nuestro querido El Salvador en distritos electorales y el pueblo elija a sus gobernantes directamente.</p><p> Bien estimado lector, tengo que retirarme, me hablaron de la imprenta por el Centenario, mi flamante diploma de “constitucionalista” está listo ¡Que Dios nos ampare!</p><p>&nbsp;</p>

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