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En medio de todas las adversidades hay que dejarle espacio al ejercicio de la propia autorrealización

Porque hay que entender que dinamizar la autorrealización implica poner en movimiento dos componentes enlazados: voluntad y viabilidad.
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En medio de todas las adversidades hay que dejarle espacio al ejercicio de la propia autorrealización

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En esta época tan cargada de desafíos y de amenazas de toda índole pareciera que se dificulta cada vez más la puesta en marcha del destino personal, porque la vorágine de lo colectivo no da tregua ni un instante. Lo que comúnmente se llama la aceleración de los tiempos es en verdad un fenómeno humano de atropellamiento existencial, en el que todo se mezcla –el ansia de predominio llevada a límites demenciales, la ambición descarrilada en las vías del atesoramiento y del consumismo, el miedo a lo imprevisible que se manifiesta en las formas más diversas y engañosas, las desconfianzas interpersonales activadas al máximo, las angustias del presente y las inseguridades del futuro, para citar algunos factores perturbadores y distorsionadores de la conducta–; y en tal escenario cualquier decisión tiene todos los visos de ser un reto al azar y cualquier paso da la impresión de ser una apuesta en el vacío.

Y aunque este es un fenómeno que presenta múltiples expresiones en todos los ámbitos globales, hay que tener en cuenta que cada caso nacional muestra características diferenciadoras. Al ser así, lo primero que tendríamos que hacer para acercarnos al entendimiento real de lo que ocurre al respecto en nuestro medio sería dirigirnos una pregunta orientadora: ¿Qué significa autorrealización en una sociedad como la nuestra? Y la respuesta exige enfocar a fondo y con sinceridad los pros y los contras de lo que los salvadoreños venimos teniendo como experiencia histórica acumulada en el tiempo.

Para empezar, el tema de la cultura en su acepción más interiorizada en la conciencia social. Lo que tenemos visible entonces es un comportamiento cultural desintegrado e improvisador, que de seguro se vincula con el impulso migratorio que ha estado vivo entre nosotros desde siempre y que nos ha hecho caracterizarnos como país de emigración. Al ser así, los salvadoreños estamos constantemente tentados a autorrealizarnos fuera de nuestras fronteras geográficas y humanas: es como si los imanes externos pudieran siempre más que los arraigos internos. Esto además propicia que vayamos apagando las percepciones sobre lo propio. Y así somos más proclives a ver nuestras deficiencias y nuestras distorsiones que nuestras virtudes y nuestras bellezas.

Por distintas razones muy propias de la atmósfera actual en el mundo que nos rodea –y la fobia contra los inmigrantes desatada en Estados Unidos en sólo una de ellas–, los salvadoreños estamos siendo impulsados compulsivamente a descubrir y potenciar formas y fuentes de autorrealización dentro del país. Ahora mismo, como se trata de un desafío que se presenta a marcha forzada, el apremio tiene mucho de angustioso; pero al ser inesquivable según se dan las condiciones actuales de la irracionalidad globalizada, este puede ser un acicate realmente eficaz para provocar el reencuentro con nuestro ser nacional, tan preterido y tan descalificado tradicionalmente con todas las perversiones que eso acarrea.

Esto va directamente relacionado con la creación de oportunidades para que los connacionales se sientan motivados a hacer vida creativa y productiva en su ambiente, sin necesidad de irse hacia algún espacio más desarrollado, donde esas oportunidades posibles se ven constantemente asediadas por la incomprensión, por el rechazo y aun por la persecución. Hasta la fecha el tema “oportunidades” ha sido más palabrería politizada que apertura real de horizontes de mejor vida. Eso es lo que hay que superar cuanto antes, desatando dinámicas que no sólo sean convincentes sino eficientes en los hechos. Porque hay que entender que dinamizar la autorrealización implica poner en movimiento dos componentes enlazados: voluntad y viabilidad.

Hay que valorar muy positivamente el que sea la realidad misma la que esté empujando a emprender sin más excusas ni tardanzas todas esas renovaciones en lo que se refiere al tratamiento de los destinos particulares y del destino nacional. Y es que el país como tal también necesita autorrealizarse; es decir, salir de todos los adormecimientos frustrantes para pasar a un estado de ánimo que incentive la inspiración creadora y despliegue el oficio del progreso en todas sus expresiones. No podemos seguir ahogados en la queja por lo que no somos: tenemos que salir a los espacios abiertos donde se pueda expresar concretamente el anhelo de lo que podemos ser.

La única manera de ganarles la delantera a las adversidades consiste en tomar posesión de nuestro auténtico ser, limpiando escorias, desalojando fijaciones inútiles, rehaciendo esquemas de vida personal y colectiva y despejando los horizontes que nos rodean. Y el momento es ahora.

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