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En nuestro país, como en todos los países, no sólo hay blanco y negro sino un constante despliegue de colores

Si a algo hay que apostarle sin reservas es a la capacidad intuitiva y visionaria que tiene el ente colectivo nacional para ir ordenando piezas en el tablero. Fue esa capacidad la que impidió una victoria militar en la guerra y propició así la solución política.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La disfuncionalidad de la política nacional a lo largo del tiempo ha hecho que los salvadoreños hayamos ido quedando cada vez más atrapados en un círculo vicioso en el que sólo caben dos colores: el blanco y el negro. Esta simplificación distorsionadora no se da como producto casual, sino que tiene causas identificables, y la primera de ellas es la falta de aprendizajes orientadores y de prácticas responsables. El poder es una experiencia absorbente y peligrosa, porque tiende a actuar como si la realidad estuviera a su servicio, y entonces lo que siempre intenta es simplificar las cosas a su favor, porque las diferenciaciones y los matices le restan predominio mecánico. En el país esto lo hemos vivenciado y padecido hasta la saciedad, y sólo cuando arribó la democracia, como por arte de magia histórica, pudimos avizorar otra línea de horizonte.Durante los tiempos del autoritarismo militante, todo lo que lideraban e impulsaban las fuerzas en el poder era caracterizado como blanco y todo lo que provenía de fuera de dichas fuerzas era caricaturizado como negro. Vivíamos, pues, en el artificio de la intolerancia suprema. Al iniciarse la etapa democratizadora –que como tantas veces lo hemos manifestado con entera convicción llegó por necesidad y no por opción libremente elegida–, recibimos por efecto inmediato la tarea de hacer realidad en nuestro calcinado ambiente la vigencia del régimen de libertades; pero los resabios de la época anterior, arraigados firmemente en nuestra memoria histórica, no nos han dejado trabajar en paz. Es como si el mosaico multicolor propio de la democracia en funciones fuera un desafío de muy difícil manejo.

A lo largo del ya más de medio siglo de posguerra, en nuestro país ha prevalecido un bipartidismo en el que las dos fuerzas predominantes han sido incapaces de entenderse para definir la suerte del proceso. Tal incapacidad, voluntariamente calculada en forma recíproca, hizo que las fuerzas minoritarias asumieran el rol determinante a la hora de tomar decisiones. Esto no es negativo en sí, pero se presta a las manipulaciones derivadas de los intereses que siempre están al acecho. El problema no es el bipartidismo sino la forma en que éste se plantea: como un enfrentamiento irreconciliable entre adversarios que siguen queriendo ser enemigos. Y así puede llegar el momento en que el esquema partidario se fracture permitiendo que fuerzas peligrosamente improvisadas tomen el control, como pasó en Venezuela.

Para salir de la trampa visual del blanco o negro es preciso iniciar la implantación de una cultura política que esté a tono con la evolución de los tiempos en esta concreta coyuntura histórica. Dicha cultura tendrá que ser movida desde abajo, desde las raíces del ser nacional que encarna en primer término en la conciencia ciudadana. Y el hecho cada vez más constatable de que dicha conciencia va ganando claridad, densidad y terreno constituye la señal más viva de que los salvadoreños estamos en la ruta. La democracia es el régimen que mejor maneja la diversidad, y esto es nítidamente comprobable por experiencia de todos los tiempos. Y la diversidad pluralista es multicolor por naturaleza. Que la diversidad no haga que nadie se ponga a la defensiva ni mucho menos a la ofensiva. Esa es la llave del buen avance.

Lo que más alienta a confiar en que la dinámica nacional tiene posibilidades claras de no perderse en el camino es eso que reiteramos cuantas veces hay ocasión de hacerlo: el florecimiento creciente de la conciencia ciudadana que está asumiendo su normal protagonismo. Si a algo hay que apostarle sin reservas es a la capacidad intuitiva y visionaria que tiene el ente colectivo nacional para ir ordenando piezas en el tablero. Fue esa capacidad la que impidió una victoria militar en la guerra y propició así la solución política; y es esa capacidad la que va impulsando ahora las cosas hacia una democratización más firme y confiable. Animémonos, pues, a convivir armoniosamente con los colores de la realidad, que se multiplican y se expanden día a día haciéndose portavoces del auténtico pluralismo.

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