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En nuestro país hay muchas cosas por corregir y por reordenar y esa es tarea en la que todos tienen que comprometerse de veras

La tarea correctiva y reconstructiva es, pues, impostergable en todo sentido. No podemos estar a merced del desorden y de la ineficiencia, porque cada día que pasa sin que haya señales de cambio efectivo en el estado actual de cosas representa un riesgo adicional, que se acumula para agravar todo lo negativo que está presente.
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En el diario vivir de los salvadoreños se dan constantes expresiones de distorsión y de mala práctica, que contribuyen a alimentar la atmósfera insatisfactoria y peligrosa en la que nos movemos todos, independientemente de las ubicaciones sociales y de las actividades respectivas. Por desgracia, hasta la fecha ha faltado y sigue faltando un verdadero esfuerzo que reoriente la vida nacional hacia la normalidad y, por consiguiente, hacia la estabilidad y el progreso. Pese a que el esquema político que se consolidó desde el inicio de la posguerra continúa sin alteraciones, lo cual debería generar efectos muy positivos, lo cierto es que la incertidumbre, la desconfianza y las insuficiencias del progreso siguen predominando muy negativamente en el ambiente.

Todas estas fallas se pueden constatar con facilidad con sólo hacer un recorrido por los sucesos cotidianos. Para el caso, aunque según los números que se publican viene dándose una disminución de las muertes violentas, ahora están ahí las cifras de desaparecidos, que abren una interrogante adicional por resolver. La Fiscalía General de la República revela que durante 2016 las personas desaparecidas llegaron casi a 4,000, y que en lo que va de 2017 ya se confirman un poco menos de 600. Como viene siendo desafortunada costumbre, las instituciones no coinciden en las estadísticas más relevantes, y eso agrega inseguridad a la que ya se tiene. En cuanto a los desaparecidos, muchas hipótesis pueden exponerse, pero lo importante sería analizar e investigar a fondo el fenómeno, en estrecha relación con las actividades del crimen y con sus efectos en la vida nacional. Volvemos aquí al punto clave de contar con un plan nacional que funcione en serio.

En lo tocante a las finanzas públicas, hay muchísimo por enderezar y por redireccionar. La Administración central vive en ahogo financiero ya endémico, producto básicamente de la indisciplina en el gasto, y con una grave incapacidad para entenderse políticamente al respecto. Como hay muchas responsabilidades económicas por cumplir en las diversas áreas institucionales, las convulsiones no se han hecho esperar, según vemos en temas sensibles como el pago del FODES a las municipalidades del país. La conflictividad entre éstas y el Ejecutivo se acrecienta, echándole más leña al fuego de las incomprensiones y de los choques que complican aún más las cosas.

Y en lo referente al acontecer delincuencial que continúa tan vivo y tan activo en la cotidianidad del país, los efectos indeseables lejos de disminuir se multiplican. Lo sucedido en días pasados en el centro de la capital es muestra clara de ello; y lo que se destapa con creciente evidencia es el control que ejercen las estructuras criminales en los más variados campos del quehacer nacional. Esto deja la insoslayable sensación de que el crimen se ha colocado por encima de la institucionalidad y desde ahí hace valer su poder. Corregir sin contemplaciones tal situación es ya cuestión de supervivencia del Estado de Derecho, con todas las implicaciones que eso tiene.

La tarea correctiva y reconstructiva es, pues, impostergable en todo sentido. No podemos estar a merced del desorden y de la ineficiencia, porque cada día que pasa sin que haya señales de cambio efectivo en el estado actual de cosas representa un riesgo adicional, que se acumula para agravar todo lo negativo que está presente. Hagámonos cargo, pues, cada quien desde su respectiva posición, del deber de contribuir a que El Salvador cambie de rumbo, y no sólo en lo político sino en todos los órdenes.
 

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