En nuestro país la política está ahora mismo ante un reto de maduración que no admite evasivas ni retrasos

El orden, tanto en el análisis como en la planificación con sus respectivas ejecuciones, es un factor definitivamente decisivo.

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Por fortuna para nosotros, los salvadoreños, en este momento histórico que demanda signos de evolución que permitan ir dejando atrás los múltiples escollos de la inercia y de la irresponsabilidad, se está activando una dinámica de aperturas hacia lo nuevo que nos pone a la vanguardia en muchos sentidos. Este, por supuesto, no es un proceso fácil en ningún sentido, y así tendríamos que reconocerlo todos para ya no arriesgarnos a desvíos desorientadores ni a tentaciones regresivas de ninguna índole. Tanto en lo político como en lo socioeconómico se abren ahora oportunidades que para un país como el nuestro hubieran sido impensables hasta hace muy poco. En lo político, el impulso desideologizador va ganando terreno, ante el desconcierto de los actores tradicionales; y en lo socioeconómico, los crecientes accesos a la productividad y a la competitividad tal como hoy funcionan nos abren perspectivas que hasta ayer mismo hubieran parecido puras fantasías.

Pero tampoco hay que llamarse a confusión ni perderse en desvaríos estériles: lo que los salvadoreños tenemos que aceptar y asumir de inmediato es que en esta nueva plataforma de cambios, que se nos posibilita por la misma índole de la dinámica global, lo que hay en primer término son tareas de gran compromiso y de evidente exigencia. El orden, tanto en el análisis como en la planificación con sus respectivas ejecuciones, es un factor definitivamente decisivo, pues si ese orden no se pone en acción con la voluntad y la certeza debidas, todo va quedando en el aire, con los efectos reiterados que precisamente hay que evitar a toda costa.

Hablamos aquí de un reto de maduración que se ha venido poniendo más a la vista en el curso de los tiempos más recientes; ahora, cuando estamos puestos ante un horizonte nacional sin precedentes, dicho reto es una especie de mandato estructural que no tiene alternativas válidas. En lo político, los salvadoreños tomamos una decisión de alto relieve y de alto riesgo al salir del esquema de alternancia partidaria que estuvo vigente a lo largo de la posguerra; y eso traía consigo un primer desmantelamiento que dejaba al sistema ante muchos interrogantes, que tienen que irse clarificando a medida que el proceso avanza.

Dicho avance, para que vaya ganando consistencia y credibilidad, tiene que estar regido por decisiones y ejercicios que se caractericen por la madurez que pongan en práctica todos los actores en juego, comenzando por aquellos que están encargados de la conducción institucional y gubernamental. No hacerlo así es exponerse a flagelos y a quebrantos perfectamente evitables. Pongamos al respecto un ejemplo preciso de estos días: las acciones perturbadoras que se escenificaron en la Asamblea Legislativa el 9 de febrero, y que fueron una muestra de impulsividad estéril que ha puesto a nuestro país en entredicho internacional. Por eso insistimos en que la madurez tanto en los planteamientos como en las acciones es un componente al que la lógica de los tiempos le ponen cada vez más potencialidad y más exigencia.

Subrayamos como algo verdaderamente esencial en este preciso momento evolutivo la necesidad de anteponer los razonamientos a los impulsos y de sujetar las emociones para que en ningún momento se desborden en cualquier sentido.

Como dice la sabiduría popular, el que se enoja pierde, y, por inmediata consecuencia, el que pierde en tales circunstancias casi siempre arrebata. Ninguna de esas reacciones le hacen bien a nadie, y mucho menos cuando se trata de conducir una dinámica histórica.

Aunque las características del ambiente puedan hacer creer que pedir madurez y sensatez en las actuales condiciones de nuestro proceso es una aspiración ilusoria, no hay que cejar en el empeño, en el que va de por medio el destino del país.

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  • aperturas
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