Lo más visto

Más de Opinión

En nuestro país, la política necesita más naturalidad, más normalidad y más sentido de realidad

Y es que orgánicamente hablando lo que hay por naturaleza en el juego democrático son contendientes, que están llamados a mantener la diversidad sin caer en la caricaturización disolvente.
Enlace copiado
David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Enlace copiado

os salvadoreños venimos de vivir históricamente una experiencia de variados signos traumáticos y traumatizantes, que tuvo su origen en la falta de voluntad para establecer desde el principio de nuestra vida republicana un manejo equilibrado de las diversas realidades nacionales. Si dicha voluntad se hubiera manifestado desde las primeras de cambio, otros y muy diferentes habrían sido nuestros desempeños como sociedad y como institucionalidad en el curso del tiempo.

Pero si un término brilló por su ausencia en el ambiente desde que el proceso nacional emprendió su marcha ese término es “democracia”. No es de extrañar, entonces, que hayamos ido avanzando a salto de mata y sin medir consecuencias, con la improvisación y el descontrol como reglas básicas de comportamiento en todos los órdenes.Cuando a comienzos de los años 80 del pasado siglo inició la andadura democratizadora en el país dio comienzo un aprendizaje que ha sido dificultoso y que aún es incompleto.

Hasta la fecha se han sucedido 7 Gobiernos resultantes de una auténtica decisión ciudadana en las urnas: en 1984 llegó Duarte a la Presidencia de la República; en 1989, Cristiani; en 1994, Calderón Sol; en 1999, Flores; en 2004, Saca; en 2009, Funes; en 2014, Sánchez Cerén... 7 Presidentes y dos partidos: ARENA, que estuvo 20 años consecutivos, y el FMLN, que lleva casi 10. Reiteramos todos estos datos que nadie desconoce para graficar un hecho muy poco analizado: que en el curso de estos 34 años transcurridos desde 1984 ha habido estabilidad institucional básica pero falta una gran tarea por hacer para que la gobernabilidad funcione de veras.

Decimos en el título de esta columna que en nuestro país la política necesita más naturalidad, más normalidad y más sentido de realidad. Alguien podría preguntarse en un estilo muy salvadoreño: ¿Y cómo así? Naturalidad para que la política no se enrede en su propia incoherencia a cada instante; normalidad para que los relevos que son propios del desenvolvimiento democrático no se manejen con ansiedades sobredimensionadas; sentido de realidad para que los problemas no se encaren como juegos de azar sino como tareas perfectamente previsibles. La política, entonces, sigue demandando una base de racionalidad que permita afirmar cimientos históricos y activar dinámicas consistentes. Y esto vale para todo y para todos, por debajo y por encima de las ideologías que siempre buscan imponer sus artificios a cualquier costo.

Como herencia operativa de la forma en que se dio la política antes de la guerra, y desde luego por efecto directo de la lógica bélica que asumieron los actores del conflicto para su desempeño posterior, nuestra composición partidaria ha venido siendo dominada por una imagen de alto poder desestructurador: la imagen del “enemigo”. Y es que orgánicamente hablando lo que hay por naturaleza en el juego democrático son contendientes, que están llamados a mantener la diversidad sin caer en la caricaturización disolvente. Hacer dicho tránsito no sólo en las palabras sino sobre todo en los hechos es lo que se requiere para ganar la estabilidad funcional que hace que el régimen se mantenga sano y que el sistema prospere. A esto habría que dedicarle la suma de energías que sea necesaria.

No se puede decir que en el curso de todos estos años posteriores a la potenciación democrática que trajo la posguerra no se han hecho avances dignos de reconocimiento al respecto; pero lo que falta por lograr para que El Salvador consolide su rumbo en todos los órdenes es una tarea de grandes proporciones.

El desafío principal consiste en aglutinar voluntades para que la política rinda los frutos a los que está llamada. Lo que ahora más conforta en esa línea es constatar cada vez con más evidencia que persistir en los viejos modos y en las obsoletas prácticas es la peor apuesta posible. La política debe comprometerse sin reservas con el servicio al bien común, y desde esa perspectiva todos los salvadoreños estamos en el deber insoslayable de hacernos sentir como miembros activos del destino nacional.

Lee también

Comentarios

Newsletter
X

Suscríbete a nuestros boletines y actualiza tus preferencias

Mensaje de response para boletines