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En nuestro país tenemos que entender y asumir que los problemas reales están por encima de las ideologías

Hace ya bastante tiempo que el país vive en una orfandad cada día más desalentadora, por la falta de un efectivo ejercicio de voluntades que pueda conducir hacia eso que con urgencia cada vez más apremiante se está requiriendo en el ambiente: un plan de trabajo nacional que sea completo y concreto en todo sentido.
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El Salvador se encuentra en un momento histórico que presenta a la vez grandes desafíos y grandes oportunidades. Desde luego, los desafíos y las oportunidades nunca dejan de estar presentes en la realidad, pero hay momentos específicos en que el fenómeno real se vuelve al respecto más intenso y demandante; y este es sin duda uno de esos momentos, que como tal no tiene precedentes de igual magnitud en el curso del proceso nacional, que presenta nuevas características y potencia novedosos dinamismos desde que comenzó la posguerra hace ya casi un cuarto de siglo. Esto nos pone a los salvadoreños, sin distingos ni excepciones, ante una tarea verdaderamente fundamental para nuestro presente y para nuestro futuro, como es la de hacer lo que las condiciones demandan para que el país se enrumbe de veras hacia un horizonte de estabilidad y de prosperidad.

Lo que los hechos cotidianos nos ponen en evidencia desafortunadamente no es una dinámica constructiva, que tenga bases firmes y proyecciones identificables. Es como si nuestro ejercicio democrático estuviera estancado en visiones y en concepciones ya superadas por el mismo proceso histórico, con las imágenes caducas de la guerra en el trasfondo. Las fuerzas nacionales parecen no querer hacerse cargo de que los tiempos han cambiado y de que los desafíos y las oportunidades que se dan en la actualidad ya no son, ni mucho menos, los que se dieron antes de que iniciara la etapa actual. A cada paso dan ganas de recordarles a todas las fuerzas actuantes en el escenario nacional que ya no estamos en guerra por el control absoluto del poder sino en competencia para la conducción civilizada y razonable de nuestro proceso.

Frente a todo esto, la palabra clave de entrada es sin duda “reciclaje”. Hay que reciclar esquemas de formación cultural y educativa, reciclar actitudes frente a la política en función de enfoques constructivos de toda la problemática nacional, reciclar idearios partidarios para ponerlos todos –independientemente de las ideologías respectivas– en sintonía con las posibilidades y exigencias del presente, reciclar conceptos sobre lo que debe ser la interacción de fuerzas en el marco del pluralismo natural en cualquier sociedad y por supuesto también en la nuestra, reciclar percepciones sobre lo que significa en los hechos ser gobierno y ser oposición; en otras palabras, por ahí debe empezar el cambio auténtico que sin duda se está necesitando, no un “cambio” demagógico con finalidades interesadas, sino un cambio real hacia adentro tanto de las estructuras sociales como de las entidades institucionales.

Hace ya bastante tiempo que el país vive en una orfandad cada día más desalentadora, por la falta de un efectivo ejercicio de voluntades que pueda conducir hacia eso que con urgencia cada vez más apremiante se está requiriendo en el ambiente: un plan de trabajo nacional que sea completo y concreto en todo sentido.

Cada día surgen en el ambiente diversas formas de confrontación, que lo que hacen es incrementar la incertidumbre y la inseguridad. Pasemos ya al plano del manejo inteligente y desapasionado tanto de los desafíos como de las oportunidades que nos presenta la dinámica democrática, para ir saliendo de los conflictos artificiosos que tanto nos limitan y así poder pasar al tratamiento consecuente de todos nuestros problemas.

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