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¿En serio?

“Vamos a apretarnos el cincho para que el país siga siendo un país (sic) de oportunidades”, proclamó en tono solemne el profesor Sánchez Cerén el 9 de julio de 2016.
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Y aun cuando el escenario no era precisamente el más adecuado para asumir semejante desafío (lo hizo cuando le tocó a Usulután presenciar el Festival del Buen Vivir), muchos le tomamos la palabra, persuadidos de que el gobernante estaba totalmente convencido de que era impostergable la reducción del gasto para contribuir a la consolidación fiscal, como lo había venido recomendando el FMI. Se suponía que contaba con el respaldo suficiente para impulsarlo y la voluntad política para cumplirlo.

Pero todo eso se quedó en el discurso. De esto da cuenta el compromiso que adquirieron hace un mes el gobierno y la oposición, de retomar el diálogo para hacerle frente a la cada vez más caótica situación fiscal. Sin embargo, en este caso se anticipaba que ya con la soga hasta el cuello y con la experiencia nada auspiciosa de los pasados intentos, ambas partes, en un acto de desprendimiento y buena fe, harían un esfuerzo genuino para salirse del atrincheramiento en que han mantenido en torno a este espinoso problema. Pero con el retiro de ARENA de la mesa de diálogo, acompañado de la malacrianza del secretario de Comunicaciones, pareciera que se repetirá la misma historia: gestos de buena voluntad para la exportación, falta de comprensión de las consecuencias de no avanzar en la dirección deseada y resistencias por doquier. Y todo esto contaminado por engañifas, la descalificación y la nefasta costumbre de echarle toda la culpa al vecino.

Desafortunadamente hay que aceptar que asumir compromisos cuando están a la vuelta de la esquina dos eventos electorales que pueden ser definitorios para el futuro del país es más difícil. Y lo peor, a juicio de muchos, es que ninguna de las fuerzas políticas más visibles –por sí solas– tiene las credenciales necesarias para sacar al país de la trampa en que ha caído. Ambas, por acción y omisión (pero de aquellas de bulto), son las responsables del tortuoso camino que ha venido recorriendo El Salvador, una vez pasó la euforia del Acuerdo de Paz.

Claro, la ofensiva mediática gubernamental no abona en nada el camino del entendimiento. Pero lo irónico del caso es que es el mismo gobierno el que complica las cosas, mientras ARENA le hace la segunda. Así lo sugiere la aprobación opaca del presupuesto para el año en curso. Y en este punto muchos se preguntan ¿qué es más dañino, la omisión deliberada de gastos imprescindibles, o el expediente de engañar una vez más, para terminar por enrostrarle al otro, la causa del desmadre fiscal? Pero el que más pierde credibilidad es el propio gobierno, cuando acrecienta la planilla, no detiene el gasto improductivo y no hace lo suficiente para combatir la corrupción. En tanto, en las otras instancias estatales se niegan a aceptar hasta la más mínima insinuación de que deben disciplinarse en el gasto. En esto, tirios y troyanos hacen causa común.

Es triste decirlo, pero el presidente también queda debilitado, cuando miembros de la cúpula partidaria lo contradicen. Así se interpreta cuando el secretario general advierte que ningún técnico aceptaría un salario menor a $5,000. Muchos aplaudiríamos si esa profecía se cumpliera, aunque lamentaríamos que se sumen al ejército de desocupados, pues seguramente un buen número ni siquiera ha aprobado la PAES y hasta desconoce el lenguaje cervantino; para muestra un botón. Pero de esto los implicados no deberían preocuparse, porque aun cuando se redujeran a la cuarta parte los emolumentos, seguramente el complemento saldrá de la chequera de CAPRES.

Así las cosas, los partidos pueden perfectamente regresar a la mesa para seguir dialogando, aunque personalmente no creo que lleguen a un final feliz, si está de por medio la pérdida de votos. En cambio, no tengo dudas de que su tozudez nos conducirá más temprano que tarde a una verdadera catástrofe.
 

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