En torno al presupuesto (I)

Repitiendo y profundizando los problemas. El forcejeo era inevitable, como previsible era que la oposición “minoritaria” terminaría por respaldar un proyecto de presupuesto que claramente replica los vicios del pasado: autoritarismo, opacidad y asignación ineficiente de recursos. Una vez más, la razón de la fuerza se impuso sobre lo políticamente correcto y la racionalidad financiera, acercando cada vez más al país a un abismo fiscal de impredecibles consecuencias. La experiencia del año pasado no caló entre los que tomaron la decisión para salir del impase, esperando nuevamente que cuando el gobierno esté con la soga al cuello, convencerán al pueblo de que el responsable de todo es el otro.
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Los argumentos con que los partidos pequeños sustentaron inicialmente su oposición al proyecto presentado por el Ejecutivo parece que solo fueron parte de una estratagema para en su momento negociar sus propias pretensiones. Y tan fácil parece haber sido “persuadirlos” de lo dañino que resultaba seguir manteniendo esa posición, que hoy hablan el mismo lenguaje que el partido en el poder. Así lo sugiere la coincidencia que mostraron en un programa de televisión el lunes pasado un diputado del PCN y otro del FMLN con un cinismo plagado de falacias y medias verdades, acerca de una decisión que tiene visos de inconstitucionalidad. Obviamente, con esto se acentúa la polarización y pone en duda la credibilidad del propio gobierno de impulsar, con el apoyo de la ONU, una “segunda generación de acuerdos”. El autoritarismo y el clientelismo se han encargado de profundizar la brecha, con el riesgo de caer en la ingobernabilidad.

De la oposición más visible, lo único que puede rescatarse es aquella marca que le atribuye un conocido analista y disidente del Frente: “Carece de cabeza política”. Y sin duda por sus propios pecadillos ha sido incapaz de reaccionar apropiadamente incluso exhibiendo al partido gobernante tal cual es, pero asumiendo al mismo tiempo de manera convincente su disposición a flexibilizar posiciones en beneficio del bien común. El desvío de decenas de millones de dólares que hace la Asamblea para favorecer a ONG (ORGANIZACIONES NACIDAS PARA GASTAR), la mayoría de ellas ligadas al partido gobernante (tampoco su presidente se salva) –en circunstancias en que se reducen las asignaciones a salud y educación–, ya es suficiente razón para sacar a flote de manera más inteligente la forma opaca, discrecional y abusiva con que se maneja el presupuesto. Más aún, la hipocresía gubernamental en torno a su compromiso con los más pobres. Para colmo de males, la mayor parte de esas organizaciones de fachada solo fomentan la desobediencia social y lucha de clases.

Pero el uso arbitrario de los recursos públicos no solo tiene expresión en este tipo de canonjías. Sin duda entre las más conocidas están la donación que hizo de mutuo propio un expresidente del congreso por casi un millón de dólares, el gasto en pinturas –bajo el argumento infantil que era para reconocer la labor de nuestros artistas–, la costosa adquisición y amañada remodelación de la Casa Dueñas; todas manifestaciones claras de un culto a la personalidad y para dejar “huella”. Ah, y ahora, también torciendo el espionaje descarado a entidades del sector privado.

La asignación ineficiente de los recursos se percibe además en los “adornos” que forman parte de ciertas obras de infraestructura, como los pasos a desnivel. Evidentemente, estos más bien han complicado el problema del tráfico, pero han comprometido cuantiosos recursos en réplicas de nuestra cultura que pocos aprecian. Es más, uno de ellos ha sido coronado con una senda peatonal que probablemente rebasa por mucho lo que costaron en su momento las que cruzan el Arco del Triunfo en París. Dejamos de tarea a los artistas opinar sobre el significado estético de estas obras, especialmente el del “monumento a la reconciliación”, y a los que saben de infraestructura, evaluar el costo-beneficio de todas estas expresiones de magnificencia. Mientras tanto, los contribuyentes tenemos que seguir aceptando pasivamente el costo de nuestra prolongada paciencia.

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