En un mundo de oportunidades sin fronteras hay que animarse a entrar al juego

Tenemos muchas tareas restauradoras por hacer, tanto en el ánimo nacional como en el desempeño nacional. Tomar conciencia de ello tendría que ser el principio de un nuevo manejo de la realidad en sus distintas expresiones.
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Durante prácticamente toda su trayectoria histórica El Salvador estuvo ubicado en una marginalidad que se veía normal conforme al reparto de los poderes mundiales tradicionales. Esto culminó durante el imperio de la bipolaridad resultante del fin de la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1945. Había entonces dos grandes polos, con su respectiva cauda de satélites. El fenómeno de los no alineados no pasaba de ser una especie de reacción coreográfica. Pero las cosas giraron en redondo a partir de 1989. El brote verde de la multipolaridad viene creciendo desde entonces. La marginalidad no desapareció ni podía desaparecer del todo, pero empezó a dejar de ser una fatalidad para irse volviendo un pantano transitable hacia nuevas orillas.

Nuestro proceso nacional ha tenido en los decenios más recientes una sintonía fuera de serie con el proceso global. La guerra interna se desató en 1980, cuando la Guerra Fría, aunque no lo pareciera por las actitudes aún imperantes en aquel momento, estaba acercándose a su crisis terminal. En 1989, cuando los salvadoreños emprendimos en serio la búsqueda de la solución negociada del conflicto, la bipolaridad entró en colapso definitivo. En 1992, al firmarse el Acuerdo de Paz, ya la Unión Soviética había desaparecido y el “campo socialista” europeo era experiencia clausurada. Y así pasamos a la posguerra cuando ya no había tentaciones realizables de totalitarismo. La democracia se animaba en todas partes, aun ahí donde no lo parecía.

Pero el cambio de era, sobre todo cuando tiene características tan originales como el que actualmente estamos viviendo, no es fácilmente asimilable por nadie. Prueba de ellos es que los países llamados “desarrollados”, que se creían dueños de la fórmula infalible de la prosperidad, vienen quedando en evidencia en sus fallos y en sus desvaríos. Sin embargo, lo constructivo es abrirse a las novedades del tiempo, con optimismo crítico, para que el pesimismo negador no haga de las suyas. Desafortunadamente, los pesimistas tratarán de imponerse siempre, con los argumentos de siempre: no se puede hacer nada porque las condiciones lo impiden, de nada vale el impulso de superación entre tantas adversidades, la suerte sólo es de los que tienen suerte… Si fuera así, nunca hubiéramos salido de las cavernas. Ah, y entonces el pesimista dirá: ¿De qué sirvió salir de las cavernas si las de hoy son peores que las de entonces?

Se sabe, por experiencia reiterada a lo largo de los tiempos, que el mundo es de los que ejercen el emprendedurismo existencial, sean cuales fueren las condiciones entre las que tengan que moverse. Esto es actualmente más cierto que en cualquier otro momento. Y lo es porque el escenario global de nuestro tiempo constituye un escenario de oportunidades más abierto y variado que nunca, y sobre todo para los que vienen de tener tan pocas oportunidades, como es el caso de nuestro país y de su gente.

En la era de la globalización, El Salvador y los salvadoreños, como todos los que estamos en el mapa, somos identificables, y ya no sólo por la guerra o por la violencia, lo cual en sí es un beneficio sin precedentes. Esto debería potenciar el aprovechamiento de las oportunidades a disposición. Pongamos un ejemplo muy específico, referido a lo que fue una gran fuente de riqueza en el pasado y que podría volver a serlo en el presente y en el futuro: el café. En El Salvador se produce un café que está entre los mejores del mundo, y nunca hemos hecho nada significativo para hacerlo valer. Ahora, cuando los nichos son lo que está en boga global, tendríamos que crear el nuestro al respecto. ¿Por qué no lo hacemos? Quizás por desidia interesada que se mezcla con autoestima raquítica. Es hora de trascender, en esto y en todo.

Y aquí mencionamos una de los términos decisivos para mover voluntades en la ruta de la autorrealización nacional: “autoestima”. Se habla mucho de competitividad, porque ésta se ha vuelto una de las dimensiones vitales del quehacer actual en todos los órdenes; pero lo que no se dice es que para ser competitivos tenemos, en primerísimo lugar, que valorar lo propio, como factor clave de una efectiva competencia. Dice la sabiduría popular que nadie habla mal de su casa aunque se esté cayendo. Pues bien, los salvadoreños somos mal ejemplo vivo de lo contrario: hablamos mal hasta de lo bueno que tenemos, y por eso lo malo se aquerencia cada vez más en el ambiente.

Tenemos muchas tareas restauradoras por hacer, tanto en el ánimo nacional como en el desempeño nacional. Tomar conciencia de ello tendría que ser el principio de un nuevo manejo de la realidad en sus distintas expresiones. Y los primeros llamados a dinamizar dicha conciencia son los liderazgos políticos, que por estar enfrascados en su autismo crónico ni siquiera se asoman de veras a los espacios abiertos del horizonte nacional, regional y global.

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