Encuentro casual

La ciudad parecía inusitadamente deshabitada y silenciosa, en contraste con los días anteriores, cuando la animación de la época final del año lo invadía todo.
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 Era la mañana del primer día del nuevo año y daba la impresión de que todos los pobladores se habían quedado recluidos en sus propios espacios, por reducidos que fueren, o andaban fuera para aprovechar el breve tiempo disponible. Aquel transeúnte con pinta de hippie de los de antes tenía, pues, la ciudad a su disposición, y eso le daba una sensación de poderío nunca antes experimentada. Andaba vagando como si todo le resultara nuevo, a pesar de ser su hábitat de siempre. Cuando ya empezaba a sentir cansancio físico, porque el sol además repartía rayos intensos a granel, llegó a un pequeño prado que tenía una cabaña al fondo. Aunque la calle le era bien conocida, nunca había reparado en aquella escena peculiar, que simulaba un rincón de aldea entre los promontorios urbanos. Penetró en el lugar por la puerta que era un falso de los que se usaban en la campiña y llegó frente a la cabaña. Al estar ahí alguien se asomó por la ventana sólo protegida por una leve cortina azul. “¿Quién es usted?”, preguntó el de adentro. “Soy un pensador común que anda en busca de enigmas para intentar descifrarlos. ¿Y usted?” “Yo soy el Año que acaba de concluir, y estoy aquí tomándome unos días de reposo antes de ingresar al refugio de los que ya cumplieron su misión...”

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