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Entendamos sin reservas que la salvadoreñidad ya no tiene fronteras

Por eso es tan inadecuada la caracterización de “hermanos lejanos”. Son hermanos a secas, porque las antiguas distancias se van desvaneciendo.
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El proceso evolutivo de una nación se va moviendo según sean sus condiciones propias en los momentos sucesivos del devenir histórico. El Salvador siempre fue un país de emigración, por diferentes causas geográficas, políticas, económicas y sociales. En el pasado, aún no muy lejano, el destino migratorio estaba prácticamente reducido a los ámbitos del vecindario, con las consecuencias que eso inevitablemente acarrea. No era emigración para dar saltos de calidad en el progreso personal, y colateralmente generaba tensiones entre vecinos, que hasta llegaron a convertirse en conflictos bélicos. La nueva emigración de la guerra y de la posguerra es muy diferente.

Ahora hay salvadoreños por todas partes y la característica diferenciadora del fenómeno presente es que los emigrantes ya no se van para desaparecer en las sociedades de destino, sino para rehacer la vida sin perder sus vínculos de origen. Esto es lo que distingue, por ejemplo, a la gran comunidad de salvadoreños radicados en Estados Unidos, que representan un porcentaje muy alto de nuestra población total. La emigración siempre es dolorosa y desgarradora; pero si se produce en función de un mejor futuro, hay compensaciones de gran valor. Y en nuestro caso, también el país recibe un beneficio extraordinario, porque sin el aporte de los migrantes la estabilidad básica de la economía nacional sería imposible.

Desde luego, esas nuevas realidades del fenómeno migratorio exigen que el país entienda dicho fenómeno en lo que significa en el momento actual y que, a partir de tal entendimiento, se generen las dinámicas de atención correspondientes. En primer lugar, hay que tomar la debida conciencia de que los salvadoreños que viven y trabajan fuera de las fronteras territoriales son connacionales en la plenitud de dicho término. Por eso es tan inadecuada la caracterización de “hermanos lejanos”. Son hermanos a secas, porque las antiguas distancias se van desvaneciendo.

Y si son salvadoreños plenos tienen los mismos derechos y deberes que los salvadoreños que estamos dentro del territorio tradicional. Entre esos derechos y deberes están los de índole política. Se viene hablando cada vez más de la implementación del sistema de voto en el exterior, como los tienen otros países. Hacer posible esa forma esencial de participación en el destino del país constituye una obligación histórica y de ninguna manera una concesión graciosa. Como era de esperarse, dicha posibilidad de participación despierta recelos en las fuerzas políticas en competencia, que ya están acostumbradas a sus manejos establecidos.

Sin embargo, la modernización de nuestro sistema político puede ser obstaculizada pero no paralizada, porque las energías de la evolución tienen ya el suficiente poder acumulado para enfrentar desafíos como éste. Sin duda, en el futuro veremos a nuestros compatriotas haciendo sentir su pertenencia por medio del voto, así como lo hacen en tantas otras formas. No es ésta, por supuesto, la única forma de hacer sentir la participación. El fenómeno migratorio es cada vez más interactivo, y su presencia e incidencia debe potenciarse en tareas de desarrollo y en esfuerzos de modernización de la más variada índole.

Agradezcámosle a las nuevas realidades de un mundo en creciente proceso de globalización estas novedosas posibilidades del presente. Para un país como el nuestro, que ha vivido en los suburbios de la marginalidad, todas las oportunidades ahora disponibles son ofrendas de futuro.

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  • Salvadoreñidad
  • emigración
  • realidad

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