Entendiendo el problema catalán

Desde mi último artículo, los acontecimientos en Cataluña se han sucedido con velocidad vertiginosa. El gobierno catalán declaró la independencia de Cataluña (aunque suspendiendo su aplicación). El gobierno español ha anunciado que destituirá al gobierno catalán y asumirá sus funciones. En los últimos 20 días, los dos bancos catalanes han huido de Cataluña, así como 1,200 empresas (más de un tercio del PIB de Cataluña). Han caído espectacularmente las reservas turísticas en Cataluña y el consumo de productos catalanes.

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Mientras tanto, los líderes independentistas son indiferentes a la debacle económica e impulsan acciones que la agravan y que incluso pueden llevarlos a la cárcel. Algunos han planteado forzar un “corralito” bancario para conseguir sus fines.

¿Cómo se explica ese comportamiento aparentemente autodestructivo? En realidad, nada de lo que pasa en Cataluña se entiende sin comprender la ideología del nacionalismo catalán.

El nacionalismo catalán es una variante de la ideología del supremacismo, que puede resumirse así: “Nosotros somos mejores que los otros, pero no podemos demostrarlo porque los otros nos oprimen. Debemos liberarnos de los otros para desarrollar nuestras potencialidades”. En el nacionalismo catalán, “nosotros” se refiere a los catalanes y “los otros” se refiere al resto de los españoles, pero el lector atento identificará otras ideologías con el mismo esquema.

Bajo disfraces diferentes, el supremacismo ha sido siempre exitoso, pues a todo el mundo le gusta sentirse mejor que el vecino y pensar que el vecino tiene la culpa de los fracasos propios. Además, nada une tanto a una comunidad como tener un enemigo común. Finalmente, el supremacismo da a la persona corriente un ideal heroico por el que luchar: el fin de la supuesta opresión (en este caso, la independencia de Cataluña).

En 1980, los nacionalistas conquistan el gobierno catalán, usando el poder político y económico del mismo para fomentar su ideología. Así, en 1990, el gobierno catalán debate “el programa 2000”, un plan para infiltrar con nacionalismo la escuela, la universidad, los medios, la administración, la empresa, la cultura, el deporte y el ocio. A través de estos canales, se difunde una visión distorsionada de la historia. Por ejemplo, se afirma que Cataluña fue un país independiente (nunca lo fue) y que fue conquistada por España en dos ocasiones, en 1714 y 1936 (en realidad, estas fueron guerras civiles entre españoles y, por lo tanto, entre catalanes).

A partir de 2008, para desviar la indignación por la situación económica y por la corrupción de los políticos catalanes, se impulsa una visión distorsionada de la economía. El lema es “España nos roba” y se afirma que la independencia hará que los catalanes sean mucho más ricos, más felices, más justos y menos corruptos. Por ejemplo, el expresidente Artur Mas afirma que en una Cataluña independiente, “los bancos se van a pelear por estar en Cataluña”.

Así, ya sea por la historia o por la economía, un 41 % de la población catalana está a favor de la independencia (contra el 49 % que está en contra, según los últimos datos del gobierno catalán). Para ellos, la independencia se ha convertido en una utopía (un paraíso en la tierra) que funciona como un sucedáneo de religión en la muy descristianizada Cataluña.

Esto explica el comportamiento de los independentistas verdaderos. Para ellos, el paraíso con el que han soñado durante mucho tiempo está al alcance de la mano y están dispuestos a sacrificar lo que sea para conseguir ese futuro de riqueza, libertad y felicidad suprema.

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