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Si la Iglesia católica salvadoreña ha sido fértil en mártires, beatos y santos es porque el poder ha sido criminal.

Al beato Rutilio Grande lo asesinaron porque exigía al gobierno de entonces que trabajara por la igualdad de las personas y se conmoviera ante la injusticia del hombre sin pan. Y ante quienes lo insultaban porque creían que aquel no era el modo en el que debía hablar un sacerdote, respondía que no, que el suyo no era un Cristo con un bozal en la boca.

Al beato Cosme Spessotto lo asesinaron porque denunciaba las violaciones a los derechos humanos, el terrorismo de Estado y la violencia de los extremistas de izquierda con un discurso absolutamente cristiano, descarnado de ideología. Sabiéndose en peligro, en lo que se ha considerado como su testamento espiritual, dejó escrito que perdonaba de antemano a los autores de su potencial martirio.

No menos cabe decir de Monseñor Romero o de los mártires de la Universidad Centroamericana, antes populares que universales porque en su vida y muerte encarnaron la indefensión de sus contemporáneos en El Salvador, víctimas de un orden jurídico, político y económico que no pone la vida humana al centro. Recordar a todos y cada uno debe ser motivo de orgullo para nuestra nacionalidad y a la vez una encomienda potente, la de pensar de modo crítico ante el poder, actuar solidariamente unos con otros y no ahorrarnos ningún esfuerzo en la construcción de la paz.

Entonces como ahora, la mayoría de salvadoreños queremos vivir en armonía, igualdad y justicia, en un país en el que alcanzar su potencial no sea un lujo reservado para una minoría de niños y adolescentes. Entonces como ahora, miles de jóvenes necesitan de compasión, simpatía y una oportunidad. Entonces como ahora, el Estado le queda a deber al futuro de la nación, equivocándose en su inspiración, en sus énfasis, en sus estrategias de inversión y en su concepto de desarrollo. Y entonces como ahora, la voz de los pocos ciudadanos valientes que exigen reflexión y cambio a la élite económica, política y a los burócratas es considerada un incordio. Hasta ahora, los perros que les perseguirán se han conformado con exhibir los dientes.

La insana vuelta en círculo que está dando la historia nacional no desmerita a esos mártires. Al contrario, en la repetición de la intolerancia, de la crispación con objetivos antisociales, de la ira que puede volverse homicida es que las palabras, los escritos y las ideas de Grande, Spessotto, Romero y de los mártires jesuitas adquieren su mayor nobleza.

Si el riesgo de un poder criminal, violador de derechos y totalitario estuviese exorcizado de la historia de El Salvador, hablar de beatos, santos y mártires sería materia de los historiadores, vidas ejemplares resumidas para almanaques y diccionarios, tan educativas como inútiles. Pero que el resultado de nuestra imperfecta y joven república siga siendo un Estado insatisfactorio, administrado otra vez de modo incompetente y corrupto, vuelve actual, reveladora y liberadora la obra de todos ellos, no porque lo hayan profetizado sino porque entendieron y denunciaron con una lucidez que les costó la vida cuál es el defecto que funda y renueva los dolores de la población.

Corazones justos como los de ellos son perseguidos por temor. En una atmósfera como la de aquellos años, de intimidación, mentira y corrupción generalizados, no es necesario ser temerario ni contestatario para granjearse la inquina de los intolerantes. A ellos les bastó demostrar el amor por sus hermanos y que estaban dispuestos a llegar hasta el último sacrificio para que se les declarara enemigos y se les dictara muerte. El violento entiende de violencia, no se conmueve ante la agresión ni al recibirla ni al cometerla, pero ante un hombre bueno le entra el miedo a la carne.

Por eso la multiplicación de crimen y martirio, ojalá nunca tan fértiles en el alma de los salvadoreños como las denuncias y exigencias de sus víctimas.

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