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Entramos ya en el segundo semestre del año y los pálpitos electorales se irán haciendo sentir cada día con más fuerza

Faltan justamente 8 meses para que se realicen las elecciones legislativas y municipales del 4 de marzo de 2018, y 20 meses para que tengan lugar las presidenciales de 2019.
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Los períodos formales para la búsqueda partidaria del voto son bastante cortos, pero a lo largo de la posguerra se viene dando el fenómeno de la extensión progresiva de los tiempos reales del activismo preelectoral, como efecto espontáneo y previsible de la necesidad de ir a ganar de veras en el terreno la simpatía y la voluntad ciudadanas. En tiempos anteriores, cuando el poder establecido imponía su decisión que simplemente se caricaturizaba en las urnas, en realidad no había ni siquiera necesidad de campañas, porque todo estaba decidido de antemano. En eso ha habido un avance sustancial, pese a que las tentaciones de influir en los resultados desde las estructuras partidarias poderosas continúan en pie.

Hoy nos encontramos en una coyuntura muy particular, que por eso mismo provoca inquietudes y detona ansiedades entre los competidores, que son en verdad los de siempre desde que se inició esta etapa posterior a la conclusión del conflicto bélico. Algunos datos ilustran tal particularidad coyuntural. Citemos dos de esos signos característicos del momento: el hecho de que la nueva legislatura 2018-2021 tendrá la responsabilidad de elegir a cuatro miembros de la Sala de lo Constitucional al nomás llegar, siendo esos miembros los que han impulsado la nueva jurisprudencia de dicha Sala; y el hecho de que en 2019 pueda darse –aunque eso nunca puede asegurarse de antemano– una segunda alternancia entre los dos partidos mayoritarios, el de izquierda y el de derecha. Ninguna de esas situaciones es excepcional en sí, porque se trata de aconteceres perfectamente enmarcados en la lógica del proceso legal: son las expectativas de lo que pueda venir, marcadas por el sello de la imprevisibilidad de los resultados en las urnas, las que agregan elementos alertantes.

Los partidos políticos, por su parte, se hallan actualmente cada día más acuciados por los reclamos ciudadanos de transparencia y de eficiencia, lo cual les agrega motivos para ya no poder moverse con la comodidad de la que antes gozaban, que en muchos sentidos era la puerta de la impunidad. Hoy, como se está viendo, la pugna histórica entre lo que buscan imponer las cúpulas partidarias y lo que pretenden los ciudadanos se hace cada día más patente. Esto ya mueve las estructuras partidarias hacia un reconocimiento progresivo de que, aunque les revuelva las entrañas tradicionales, tienen que ir acomodándose a lo que manda la lógica democrática.

En estos días se evidencian más que nunca las maniobras partidarias para tratar de escapar de todas esas presiones en realidad insoslayables. Lo que está sucediendo en la escogencia de candidatos por la vía de la consulta interna lo hace ver en forma inequívoca. Son maniobras que ya tienen muy escaso margen de efectividad, porque lo que no pueden eludir los partidos es el hecho de que es precisamente el ciudadano el que decide en las urnas. Y el ciudadano resulta cada vez más difícil de convencer, y esto abarca no sólo a los no comprometidos con ninguna línea partidaria sino también, aunque de modo más relativo y fluctuante, a los que están adheridos al color de un partido determinado.

El encuentro de campañas pone a los competidores ante el desafío de estructurar e impulsar estrategias que tengan en cuenta esa realidad enlazada, porque lo más seguro es que en la mente de la ciudadanía 2018 y 2019 sean pasos complementarios. Y en esta oportunidad no sólo van a contar los números, que siempre son determinantes, sino en gran medida las personas que estén en juego, por lo cual la selección de candidatos será más crucial que nunca.

La juventud es otro de los elementos decisivos del momento, tanto entre los que compiten como entre los que deciden. El sistema va en ruta renovadora, aunque haya tantas retrancas en el camino. En todo caso, nos hallamos en fase de cambio y de recambio.

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