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Entre el coraje y la orfandad

Asesinatos de personas inocentes, familias desamparadas, destrucción de riqueza, en medio de una sensación de abandono, son parte del escenario que dejó el boicot al transporte “declarado” por las pandillas.
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Sería impropio desconocer la labor de la PNC y la Fuerza Armada, para contrarrestar una especie de “ofensiva reciclada”, pero también da coraje que se mezcle el paro con artimañas que solo aumentan el descontento de la población. Además, se dice que fallaron los servicios de inteligencia y que la protección a la red del transporte privilegió al SITRAMSS.

Pero las atrocidades continuaron imparables durante el período de vacaciones, como una señal de que el flagelo no tiene límites ni en el tiempo ni el espacio. Y aunque la asistencia a sus lugares de trabajo durante el paro, su exposición vulnerable en sitios muy concurridos y el masivo flujo de nuestros hermanos lejanos son muestras palpables de ese espíritu indomable, que caracteriza a los buenos salvadoreños, no pueden desaparecer fácilmente de la memoria colectiva, esas conmovedoras escenas de terror, donde las víctimas incluyeron niños, trabajadores inocentes, familias enteras, miembros de la corporación policial –cuyos asesinatos superaron los cuarenta en lo que va del año– y a elementos de la FA.

Ante este sombrío panorama, debemos aceptar que como país nos enfrentamos a un enemigo cada vez más fuerte, no solo por su expansión numérica, sino también por su organización y logística y porque constantemente está mutando para hacer más difícil las tareas de contención y resquebrajamiento de sus estructuras. La versión de que las pandillas, de manera progresiva, se están aliando con el crimen organizado tiene algún arraigo en los atentados perpetrados recientemente, así como en la utilización de armas sofisticadas, obtenidas de fuentes de abastecimiento también difíciles de controlar.

Hace casi veinte años, el amigo Hugo Barrera en su paso por el Ministerio de Seguridad aseguró que el crimen organizado ya había penetrado hasta instituciones del Estado. En ese momento no era tan agobiante el problema de las pandillas, pero ya anticipaba que estas encontrarían eventualmente un compañero de viaje para someter progresivamente a la población a un estado de total indefensión. Estudios recientes del Banco Mundial sugieren que los vínculos entre las pandillas y el crimen organizado son cada vez más estrechos. Siendo así, el problema se torna mucho más complejo, porque de por medio podrían estar personas e instancias públicas llamadas a velar por la seguridad y hacer cumplir la ley. De ser así, la corrupción, como cáncer que destruye el tejido social, sería un actor importante.

Y para complicar más las cosas, el evento que puso virtualmente en estado de shock a buena parte de la población se dio en medio de rumores de un supuesto golpe de Estado, que independientemente del sello que quiera ponérsele, causó desazón en muchos. En algunos porque los hizo recordar la época del militarismo y en otros, porque sencillamente lo asociaron con una patraña montada para desviar la atención de los graves problemas que nos desvelan, donde precisamente el tema de la inseguridad ocupa el primer lugar, seguido de una situación económica que para algunos es causa y consecuencia de la delincuencia. La dilación en designar a los nuevos magistrados de la CSJ tampoco es un hecho aislado, pues allí está la clave de la toma del poder total de parte del FMLN.

Todo esto da pie para que gran parte de la población arrecie sus críticas contra el sector político, cuestione incluso su idoneidad para entender la complicada problemática que estamos enfrentando y, sobre todo, su voluntad de ceder espacios para darle cabida al bien común. Y en cuanto a la ausencia del señor presidente en los momentos más difíciles del último episodio, yo, al menos, no tengo reparo sobre el motivo de su viaje a La Habana. Pero sí me encuentro entre aquellos que piensan que, en muchos sentidos, estamos progresivamente cayendo en una especie de orfandad, porque nadie asume sus responsabilidades como es debido, en un país que parece estarse desmoronando poco a poco.

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