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Entre el temor y el desaliento (I)

Lo incontrolable. Dentro de un mes, en un hecho que parecía imposible, el señor Trump asumirá la presidencia del país más poderoso del mundo.
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Este ha sido históricamente nuestro mejor aliado, pero de materializarse algunas acciones que el presidente electo anunció durante su campaña, el país podría convertirse en uno de los más afectados. Unos días antes, El Salvador estará conmemorando el XXV aniversario de la firma del Acuerdo de Paz, pero igual tendrá lugar en uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente.

En este contexto, el tema migratorio se torna crucial para el país, sin obviar el énfasis que el entonces candidato puso en el libre comercio. Es probable que en este último caso no enfrentemos mayores dificultades, pues entendemos que el mensaje iba dirigido principalmente a los grandes socios comerciales y a aquellos países en los cuales empresas estadounidenses de gran tamaño se han arraigado aprovechando el clima de negocios (seguridad jurídica, recurso humano calificado, ventajas impositivas y bajos costos laborales). El caso de México cae en esta categoría. En cambio, El Salvador y los otros miembros del RD-CAFTA están, en general, lejos de presentar una situación similar, a menos que el señor Trump piense que las sucursales de McDonald’s, WalMart y GBM, entre otras, destruyen puestos de trabajo en su país y lo sacan de competencia.

En cambio, el tema migratorio sí es crítico por el significado que tienen las remesas en la economía nacional, aunque su importancia no se puede medir solo por la alta proporción que alcanzan con relación al PIB. Por ejemplo –y esto al margen de los grandes contingentes de compatriotas que han sido expulsados durante la administración Obama– es obvio el impacto que tendría una deportación masiva como la anunciada por el señor Trump. Esto incidiría en la cuantía de esos mismos flujos, en el desempleo, la delincuencia y en la demanda de servicios básicos como la salud, la educación y la vivienda, ya de por sí extremadamente precarios. Este problema es más real que imaginario, porque el señor Trump ha hecho de la expulsión de salvadoreños indocumentados un asunto de honor.

Tampoco se puede obviar un eventual cambio en la cooperación técnica y financiera. Hoy nos congratulamos con la ayuda que hemos recibido de Estados Unidos en momentos realmente críticos. Ante la baja inversión pública, ha sido providencial la ayuda recibida mediante iniciativas como FOMILENIO, Socios para el Crecimiento y la Alianza para la Prosperidad, esta última compartida con Guatemala y Honduras, para atacar problemas que afectan grandemente a ese país. Pero al menos en el primer y el tercer caso, nada se puede dar por garantizado en una administración que probablemente se regirá por parámetros más estrictos, ante el incumplimiento de compromisos de nuestra parte. La ventaja es que en estos casos, la ayuda tiene como respaldo un acuerdo bipartito. En cambio, las figuras que han servido de tabla de salvación en el corto plazo para nuestros compatriotas, como es el caso del TPS, caerán dentro de la esfera de acción directa del presidente electo, aunque en todo caso será el mismo sistema político el encargado de poner límites en decisiones estratégicas y de largo aliento.

Pero por otro lado, tampoco el cambio de tono que este ha mostrado en sus últimas apariciones públicas no deberían ser interpretadas como una señal clara de condescendencia frente a países que no se ajustan a los principios y moldes que rigen el sistema político, económico y social estadounidense. Si aun el presidente Obama, quien se ha distinguido –entre otros atributos– por su moderación, ya esbozó las sanciones que pueden imponerse contra Nicaragua por las fraudulentas elecciones pasadas, y hasta la misma Rusia, por su presunta injerencia en el proceso electoral estadounidense, no podemos descartar nada en la administración Trump. Y esta posibilidad no debería ser ignorada, especialmente por quienes consideran al “imperio” como el principal obstáculo para su proyecto.

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