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Entre fuegos y esperanzas

Sí, El Salvador está virtualmente acosado por dos fuegos. Desde el norte, un personaje indescifrable nos está enviando señales que amenazan con destruir partes vitales de nuestro cuerpo social, mientras que desde el sur, un déspota despiadado pretende transformarnos en un fantoche que siempre estará a sus pies. Obvio, nos referimos al inquilino de la Casa Blanca y al destructor insaciable de la vida de los venezolanos.
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Por más de una razón extrañamente compartida, ambos personajes han hecho de El Salvador el espacio geográfico favorito de América Latina para vaciar sus ímpetus malsanos, aprovechando la debilidad del afectado. La amenaza temprana del señor Trump de expulsar a miles y miles de compatriotas –atizada por los acontecimientos de Charlottesville (Virginia) hace un par de semanas– y que le sirvió de escenario para reeditar sus sentimientos xenofóbicos y poner al descubierto su simpatía por el movimiento supremacista, no significan otra cosa que provocar más pobreza para buena parte de la población, aunque sin duda incomparable con la que desencadenaría la entronización del chavismo en el país.

Este no ha logrado el grado de penetración que desearía el colombiano-caribeño, pero habiendo trapeado con el estandarte bolivariano, ya tiene su cabeza de playa en suelo salvadoreño. Así, desde hace tiempo, aprovechando las veleidades del partido en el poder, no ha tenido ningún obstáculo para inocularles a sus dirigentes el veneno chavista, especialmente porque el faro que ilumina a sus receptores hace mucho más fácil la operación. Además, en el camino que estos pretenden recorrer tienen como directriz la consigna que se les asignó en la última edición del Foro de Sao Paulo: “Tomarse todas las instituciones, no solo la presidencia y las diputaciones... Es importantísimo la toma del poder judicial, los aparatos militares y los medios de comunicación”.

Lo que por el momento resulta obvio son las contradicciones del gobierno de turno al momento de tratar con el país del norte. Mientras oficialmente se reitera con mucha frecuencia que nuestros lazos con Estados Unidos son hoy más fuertes que nunca, los que parecen detentar el poder real despotrican cada día y otro también contra el imperio. Esto equivale a extender la mano derecha como limosneros y alzar la izquierda para untar de porquerías al benefactor.

Pero algo interesante también parece estar sucediendo en el entramado político, lo cual despierta la esperanza de que esos ejercicios de cinismo, falsedades, prepotencia y engaño que se estilan en el Salón Azul y otros lugares no aptos para los de a pie empezarán a perder su ropaje. La deserción de diputados que llegaron a sus cargos bajo determinada bandera podría optimistamente ser interpretada como el inicio de un basta ya. Y si esto es así, debe privilegiarse el combate a la corrupción y la impunidad, madres gemelas de muchas de nuestros desgracias, porque ¿qué se esconde detrás del tristemente célebre combo para elegir a las autoridades del ente contralor, los ataques perversos contra la SC, el transfuguismo y la desfiguración de la Ley de Extinción de Dominio?

Esto no hay que obviarlo, porque aparte del fuego cruzado a que nos tienen sometidos desde el norte y desde el sur, estamos caminando entre ambos extremos con una arrastrando diversos y complicados problemas internos que en vez de estimularnos para propiciar un accionar dinámico nos mantienen en un permanente inmovilismo. El Salvador, con un gobierno enceguecido por la luz que paradójicamente lo ilumina, ya puede estar formando parte también de un círculo pequeño de naciones que cada día que pasa se aísla del mundo democrático, hecho que se da en paralelo a todo tipo de estancamiento. Lo que no alcanzan a dimensionar nuestros dirigentes es que a pesar de que estamos asediados por un fuego cruzado y por sus actitudes desvergonzadas –o acaso por ello– es el significado del despertar de la juventud. A los viejos esto nos llena de esperanza, porque cuando trascendamos, nos acompañará la ilusión de que dejamos al país en buenas manos.

PD: Señor Maduro, el pueblo salvadoreño no lo ha invitado.
 

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  • Juan Hector Vidal
  • Ley de Extincion de Dominio

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