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Entre los pobres jamás lloré

Decía la canción mexicana: “Yo conocí la pobreza y allá entre los pobres jamás lloré… ¿Yo pa'qué quiero riquezas?… Lo que quiero es que vuelva conmigo la que se fue.”
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He conocido la pobreza, sin sufrirla, gracias a Dios y mis padres, pero frecuentándola, ¡de qué manera! Familiarizando con ella desde niño, y seguiré tratándola como amiga de toda la vida, mientras esta me dure.

Antes de seguir me detengo en alguien de esos que involuntariamente parecieran forzados por el destino a que hagan sentir a los necesitados más frecuentes y duros los chilillazos de su pobreza: una médica de la unidad de salud de Berlín, querido pueblo donde hoy resido permanentemente.

Me llegó la historia desde un vecino restaurante popular, creador de pupusas y comidas deliciosas. Una señora, a los 13 años vendedorcita ambulante, luego empleada doméstica, es ahora su propietaria.

Trabajadora infatigable de cuatro a 21 horas, una noche no podía dormir del dolor y a las 2 de la madrugada, volviéndosele insoportable, se levantó y caminó hasta dicho centro de atención. La recibió una amable enfermera que la transfirió a la doctora, miembro de respetada familia local. De muy mal modo, seguramente agotada por el turno de 24 horas, le preguntó los síntomas. Sin examinarla, le ordenó a la asistente: “Vos, ponele una inyección de ranitidina a esta, ve”, y se volteó para otro lado. La paciente, desconcertada por lo que consideró descortesía, sin saber las causas de esa conducta, lo dijo a la gentil asistente, que comentó: “Sí, disculpe, ella es así”.

Así es ella, se quejan aquellos cuya desdicha aumenta si son obligados a soportar sus momentos de mal genio. Así son ellas, dice Mozart en su famosa “Cosí fan tutte”, mal llamada el “cósifantut”. Pero, digo yo, ellas no son así; las mujeres son maravillosamente iguales, pero cada una es maravillosamente distinta. No son así las enfermeras ni las médicas.

La de la historia tuvo un comportamiento anormal, que le conviene corregir por su prestigio y el de la entidad, pues a un exaltado le oí que podría ser acusada de actos arbitrarios, en que incurre, según el Código Penal, quien prestando un servicio público comete “vejación”, o sea tratar mal.

Nacido y crecido entre cafetales y otros cultivos, siempre conviví con trabajadores de duras tareas, incluyendo mujeres, adolescentes, niños y niñas. Vi cara a cara sus miserias. Hoy las palpo con las madres y pacientes de la fundación que presido, con las empleadas de esta y las mías.

Primero una muchacha de la costa. La conocí desocupada, vendiendo mariscos con una paila en la cabeza, no obstante siete años de especialización para ser enfermera tecnóloga. Vino a laborar en mi casa. Me narraba infinitos padecimientos con sus cuatro hijos, sus padres miniagricultores, hermanas y hermanos apiñados en un solo ambiente, sin paredes, muebles, mesa o camas. Le ayudé muchísimo, incluso a buscar trabajo. De repente desapareció. No contesta llamadas ni mensajes; la devoró la selva de la pobreza. Otra es madre de una niña, por fortuna con la compañía del padre, pero con dificultades, añadidas las del papá casi centenario. La auxilio como puedo. Otra tiene dos niños, sin ayuda; le doy lo que alcanzo.

He admirado siempre de los pobres su dignidad. No lloran por sus males ni por la inversión extranjera, el acceso a la información o los gastos de diputados y magistrados. Mantienen a este país flotando hacia adelante, esperando solo ingresos y vida decorosos.

Yo si quisiera riquezas, pa'yudarles. Aunque no vuelva conmigo la que se fue.

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