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La Semana Santa es tradicionalmente tiempo de recogimiento y de reflexión, aunque en las épocas más recientes eso le haya venido cediendo espacio a la diversión y al turismo.

Pero, en todo caso, estos días tienen un aura que invita al reencuentro con las inspiraciones más profundas del espíritu. Yo, desde mis años de niñez, he tenido vocación meditativa, y por eso los días de la Semana Mayor siempre se me presentaron como una invitación a estar en contacto con la Naturaleza en todas sus expresiones tanto interiores como exteriores.

En nuestro ambiente esto se hace más propicio, porque durante las semanas limítrofes entre marzo y abril, que es donde se ubica anualmente la Semana Santa, el clima cálido, los cielos nebulosos y la vegetación adormecida alientan la contemplación. Tengo conmigo la imagen de mí mismo frente a la ventana abierta, observando desde dentro de la casa silenciosa los reflejos que circulan alrededor. Y en ese preciso instante una sorpresiva sensación de llovizna se apodera de mi percepción.

¿Será posible que esté empezando a llover cuando la resequedad polvorienta es tan notoria en el ambiente? Como si se lo preguntara al aire, el aire me responde, y lo hace con un soplo de frescura que parece traer misión premonitoria. Tengo que interpretar esa señal, y lo hago saltando la ventana y saliendo al patio solitario. Afuera, todo es perfectamente natural. Debo, pues, saltar mi ventana hacia adentro, para ver si por ahí puedo seguirle la pista al soplo...

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