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Es absurdo seguir perdiendo tiempo en lo superfluo, sin atender de veras lo real

Continuar peleando por nimiedades cuando los problemas están aquí, cada vez más acuciantes, es realmente inconcebible e injustificable.
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En nuestro país viene imperando desde que hay memoria la perversa “cultura” del desperdicio. Se desperdicia el talento, se desperdicia el sol, se desperdicia el agua, se desperdician las oportunidades; y lo que queda de todos esos desperdicios es una interminable cadena de quejas y reclamos, que tampoco llevan a nada. Ni siquiera hay necesidad de decirlo: si continuamos dejando que esa “cultura” señoree en el ambiente sin que haya contrapesos efectivos y correcciones decisivas, la suerte del país seguirá pendiendo de un hilo, por irresponsabilidad manifiesta de la sociedad y de los liderazgos que ella misma deja que se impongan y prosperen.

La alternancia en el ejercicio del poder político representa un momento evolutivo importante en el desenvolvimiento de nuestro proceso democrático, y como tal debería ser aprovechada para darle impulso a la madurez que tanto necesitamos como sociedad y como institucionalidad. Pero en los hechos de la vida cotidiana lo que se ha venido viendo es todo lo contrario: en los años transcurridos desde que se produjo la alternancia ha prevalecido una conflictividad política totalmente fuera de lugar, desatada por el descontrol de las emociones y por la virulencia de las posiciones. Es como si los actores políticos nacionales no hubieran tenido un tiempo ya tan prolongado desde que concluyó el conflicto bélico para irse adaptando a lo que es el comportamiento normal dentro de la vida democrática.

En 2009 se dieron unos resultados electorales previsibles, que echaron por tierra todas las predicciones catastrofistas que dominaron la campaña previa. Este solo hecho debería haber movido todas las voluntades –de los ganadores y de los perdedores de aquel momento, que sólo fue una coyuntura– hacia un replanteamiento serio de actitudes, en función de que el proceso siguiera su marcha con la naturalidad debida. El no hacerlo es la señal verdaderamente negativa del momento histórico, y más cuando los problemas del país se han agudizado de manera creciente desde entonces.

El hecho de que la crisis haya estallado en las más altas esferas del poder –y el llamado “conflicto de poderes” es prueba de ello– hace evidente que donde está la falla principal es en el comportamiento de la llamada “clase política”, que hasta la fecha no da señales de haber comprendido dicha falla, ni mucho menos de emprender las correspondientes rectificaciones que serían del caso. Viene una nueva y decisiva prueba en las urnas, y lo menos que se les puede pedir a los contendientes y a las fuerzas en que se apoyan es que demuestren que están preparados y dispuestos para entrar en una nueva fase de actuación desde el poder y frente al poder, que permita visualizar la erradicación de vicios y la eliminación de distorsiones.

Continuar peleando por nimiedades cuando los problemas están aquí, cada vez más acuciantes, es realmente inconcebible e injustificable. El torneo de las descalificaciones mutuas debe darle paso cuanto antes a una dinámica de seriedad en el manejo de las responsabilidades respectivas. Esto es lo que, de distintos modos, está demandando la ciudadanía impaciente.

El país espera, reclama y merece resultados incuestionables en lo político, en lo económico y en lo social. Resultados que no se midan por el beneficio sectorial de nadie, sino por el aporte al progreso de todos. No hay ninguna otra alternativa funcional ni sostenible.

Tags:

  • alternancia
  • institucionalidad
  • democracia
  • elecciones 2014

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