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Es clave asegurar que el crecimiento y la prosperidad tomarán cuerpo en el país para beneficio de todos

Es hora de hacer lo que corresponde para que El Salvador se vuelva destino de inversión de primer orden, tanto interna como externa.

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Hemos vivido hasta la fecha en una inseguridad creciente y en un estancamiento cada vez más perjudicial, con los efectos adversos que están cotidianamente a la vista. No es que no se hayan dado impulsos e iniciativas de progreso a lo largo de los años anteriores, pero es claro, con evidencia inocultable, que lo que se ha venido haciendo en los planos institucionales, sociales y económicos no sólo no ha sido suficiente para enrumbar al país hacia un dinamismo evolutivo renovador sino que ha ido dejando cabos sueltos a cada paso, por lo cual el avance ha sido errático e inconsistente. Frente a todo eso, lo que en este momento de transición se hace indispensable es reordenar visiones, reacondicionar estrategias de acción y orientar las tareas del presente hacia las metas realistas del futuro.

En este plano de consideraciones que buscan ubicarse en una perspectiva a la vez pragmática y visionaria, tenemos que ponerles especial énfasis a algunas cuestiones de la más alta trascendencia para el progreso nacional y para la prosperidad generalizada en el ambiente. Destaquemos tres de ellas: el ajuste institucional en función de máxima eficiencia, la atracción de inversiones para que la productividad y la competitividad logren el dinamismo y la suficiencia que se requiere, y el tratamiento de la inseguridad imperante con estrategias y metodologías que en verdad puedan garantizar resultados integrales y sustentables.

Para que el ajuste institucional funcione, los equipos de trabajo gubernamentales deben tener idoneidad en todos los órdenes: en la preparación y en la credibilidad específica de cada uno de sus miembros, en la interacción organizada del trabajo por hacer y en la armonía de los objetivos que se busca alcanzar. Es decir, lo que hay que asegurar en primer término en este plano es que la tarea gubernamental esté bien enfocada, bien dirigida y bien articulada. Y ese será, sin duda, el primer desafío de fondo de la Administración que llega.

En lo que toca a la atracción de inversiones, este ha sido un tema del que se habla sin concretar nada al respecto. Es hora de hacer lo que corresponde para que El Salvador se vuelva destino de inversión de primer orden, tanto interna como externa. Por todas nuestras condiciones, somos país de vocación exportadora, y hay que preparar el terreno para que eso se concrete. Será vital potenciar los asocios público-privados, sin prejuicios de ninguna índole, otorgar incentivos que sean parte de la competitividad bien enfocada y crear condiciones que estimulen la transparencia, erradiquen la corrupción y reduzcan al máximo la tramitología.

En cuanto a la inseguridad, lo que se impone y se ha venido imponiendo como tarea básica desde hace mucho es que se constituya un plan integral de combate contra la misma, en el que ninguno de sus componentes estructurales y coyunturales quede fuera o al margen.

Insistimos en el hecho cierto de que este preciso momento histórico por el que los salvadoreños estamos atravesando es a la vez una gran oportunidad y un enorme desafío. Oportunidad si todas las cosas requeridas se hacen bien; desafío porque no hay alternativa al reto de hacer bien las cosas.

Esperamos que los que asuman la conducción nacional en los niveles ejecutivos recibirán el mandato como una responsabilidad del más elevado alcance. Aquí no hay dónde perderse: o se hace un esfuerzo integral y concertado o las cosas seguirán a la deriva.

Tags:

  • inseguridad
  • inversiones
  • idoneidad
  • asocios público-privados

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