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Es cuestión de egos

El ego es el aprecio excesivo que tiene una persona por sí misma. En la naturaleza humana algunos ya venimos con ese código genético, nos gusta que nos elogien. Nos encanta que alguien nos divierta, nos corteje y nos secunde lo que decimos, somos tan sencillos que no podemos diferenciar la cortesía de la zalamería. Sentir ese contoneo mental es un deleite, ese melifluo encanto.
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En el lenguaje de las relaciones humanas técnicas de mitificar, hoy en día es un juego que enamora. Estamos acostumbrados a ponderar políticos, cantantes, artistas, deportistas, muchos de ellos nos venden júbilo y se los compramos con nuestra simpatía. Mueven entusiasmo y nos causa esa vibración magnética de emularlos que algún día seremos como ellos o por lo menos amigos de ellos porque frecuentemente nuestra autoestima está muy baja, incluso como dicen los diestros en aforismos populares “le echamos más incienso al santo de lo que se merecía”.

Estamos viviendo una época con cuellos erguidos, con ideologías importadas, con fanatismos alquilados, no hay un pensamiento patriota, guanaco. No se resuelven cosas que van a beneficiar a la población porque estamos renuentes a que otro se lleve las palmas. Decía Jacinto Benavente: “El único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén bien para estar uno mejor”.

Una vez fui a escuchar una charla de relaciones humanas con aderezos espirituales por cierto muy apetitosos y suculentos que dejan muy satisfecha el alma, cuando terminó el expositor, siendo deferente le dije lo felicito estuvo muy bonita su participación y en una forma humilde y con voz pastosa me dijo “para la gloria de Dios”, me quedé perplejo y anonadado por su respuesta, observé a una persona carente de grandilocuencia, no fue la característica respuesta del recurrente y almidonado disertante “viera cómo me costó preparar esta charla”.

Cuando desempeñamos algún cargo tenemos que manejar el equilibrio, cuidar del narcisismo, del parloteo individualista, sabemos que los trabajos son temporales por imperecederos que parezcan, tienen caducidad y después volvemos a ser silvestres parroquianos. Tenemos que dejar un buen recuerdo de buenos servidores. La parálisis económica que vivimos los salvadoreños ya no es de entendimientos, es cuestión de egos. La ambición y el ego hacen buenas migas se llevan muy bien. No podemos vivir avinagrados mascullando momentos de antaño que fueron difíciles para nuestra superación y que se reviertan en personas que no tienen nada que ver, simplemente porque no tuvieron el mismo hado, debido a que nuestra estima fue lastimada. Hemos caído en nuestro país en una vulnerabilidad, se entretejen coludidos enredos, fraguadas tropelías y mancillamos la integridad moral de las personas.

El escrutinio personal es efectivo, hay que revisar diariamente nuestra agenda conductual y supervisar esos vaivenes de la personalidad. La oración, la meditación y el examen de sí mismo son elementales para cualquier actividad donde tenemos que dirimir situaciones de trascendencia humanitaria.

El ego no es nada nuevo. En su libro “Inteligencia”, Osho relata una anécdota: “Cuando Moisés en su furia hizo pedazos las tablas de los Diez Mandamientos, todo el mundo corrió a coger un trozo. Por supuesto, los ricos y los políticos fueron los primeros. Cogieron todos los trozos buenos en los que estaba inscrito ‘cometerás adulterio’, ‘mentirás’, ‘robarás’. Los pobres y todos los demás cogieron solo los trozos que decían ‘No’, ‘No’”.

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  • egos
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