Es de esperar que la necesaria racionalidad vaya ganando impulso y espacios en el mundo y en nuestro país para enfrentar con éxito las adversidades imperantes

Lo que ahora más se hace sentir es la necesidad de poner el componente racional en todo lo que se emprenda para hacerles frente a los retos que están a la orden del día, según sean las circunstancias que definen cada realidad nacional.
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Cuando la realidad va desplegando un escenario tan complejo y tan imprevisible como el que ahora está presente en los distintos espacios del mapa global, nadie puede escapar al reto de renovar enfoques y de reanimar estrategias que sean capaces de lidiar efectivamente con las demandas inusuales de los tiempos que corren. Lo que estamos viendo cotidianamente en las distintas latitudes del mapa global es un predominio expansivo de la irracionalidad que en cualquier otro momento de la contemporaneidad hubiera sido inimaginable. Este fenómeno sin precedentes es de seguro el signo más revelador de los tiempos actuales, y lo que demuestra en primer término es que la dinámica histórica es imprevisible por más que se quiera encasillarla en esquemas preconcebidos.

Para el caso, las antiguas diferenciaciones entre Primer Mundo, Segundo Mundo, Tercer Mundo y Cuarto Mundo han quedado en las gavetas de un tiempo ya clausurado e irrecuperable. Al llamado Segundo Mundo se lo llevó el derrumbe del “campo socialista”, con la Unión Soviética a la cabeza. Y ya en los dominios de la globalización que ha tomado posesión del mundo luego del colapso de la bipolaridad entre Estados Unidos y la Unión Soviética, lo que estamos viendo hoy en el panorama universal es una confusión tan grande y generalizada que ya supera todos los límites de lo imaginable, como se evidencia en las crisis políticas europeas y en el trastorno desatado en la escena política estadounidense. Muchas de las cosas que hoy se dan en el antes llamado Primer Mundo hasta hace poco se hubiera creído que sólo eran posibles en el Tercer Mundo; y es que lo que está quedando patente en nuestros días es que la naturaleza humana con sus excesos y con sus desvíos no respeta ningún tipo de fronteras.

Lo que ahora más se hace sentir es la necesidad de poner el componente racional en todo lo que se emprenda para hacerles frente a los retos que están a la orden del día, según sean las circunstancias que definen cada realidad nacional. En lo que a El Salvador se refiere, lo que se impone es poner en marcha lo que sería un plan nacional que integre nuestra diversificada problemática en un todo con definiciones y con proyecciones lo más específicamente definidas, a fin de que ninguna de las tareas pendientes quede desconectada de lo demás, como ha ocurrido hasta la fecha con las consecuencias nefastas que son tan evidentes.

Dicho plan nacional viene siendo planteado como necesidad inesquivable desde hace mucho, y lo que ha faltado es hacerse cargo de esa tarea sin más demora y con los criterios definidores que le garanticen viabilidad. Agradezcámosle a la suerte que contamos con un sistema político básicamente estable, lo cual provee una racionalidad estructural que debería servir de ejemplo orientador en todos los órdenes de la vida nacional.

Esa estabilidad básica del sistema se ve constantemente amenazada por las deficiencias en el manejo de la dinámica política, particularmente desde las áreas cupulares del poder, y a eso hay que prestarle mucha atención, para dar pie a los correctivos correspondientes.

Cuestiones como esta tendrían que ser parte relevante del debate político que se está abriendo de cara a las elecciones próximas, a fin de ir configurando compromisos verificables que fortalezcan las estructuras institucionales y afiancen el ejercicio democrático.
 

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