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Es de la máxima importancia asegurarles a los ciudadanos que puedan permanecer en sus lugares sin que ninguna amenaza los obligue a huir

Esta es una situación que está demandando una estrategia que se anticipe a los hechos, y que desestimule a los agresores al mismo tiempo que le dé a la población seguridades básicas para seguir tranquilamente en sus lugares de asiento.
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Constantemente aparecen informaciones sobre el éxodo de familias de sus lugares de arraigo por el embate de la actividad pandilleril, que ha venido ganando presencia territorial en las más diversas zonas del país. Este deplorable y cada vez más devastador fenómeno del control de territorios por parte de la delincuencia organizada, aunque sea en forma difusa, hace que la inseguridad se expanda sin control, porque nadie sabe en qué momento puede ser víctima de los dictados del crimen. Y tal situación acarrea otro efecto altamente nocivo: el que la gente de las comunidades, ante la indefensión que la agobia, tienda a ponerse al servicio de la delincuencia, aparte de que ésta seduce a muchos niños y jóvenes con la engañosa y pervertidora posibilidad de una vida fácil en la que no hay que hacer esfuerzos personales de ninguna índole.

Es imaginable el sentimiento de inestabilidad angustiosa que embarga a todas esas personas que tienen que abandonar sus viviendas y sus vecindarios ante la amenaza de los criminales, que ya se sabe que no tienen ningún escrúpulo a la hora de segar vidas con tal de lograr lo que pretenden. Ante eso, no puede bastar de ninguna manera con que la autoridad se haga presente luego de que las acciones depredadoras se han producido, porque eso ni restituye las cosas a su normalidad ni impide que otros delincuentes sigan haciendo lo mismo. Esta es una situación que está demandando una estrategia que se anticipe a los hechos, y que desestimule a los agresores al mismo tiempo que le dé a la población seguridades básicas para seguir tranquilamente en sus lugares de asiento.

Al darse situaciones como la que enfrentamos en el plano de la seguridad, hay que tener presente que la problemática se presenta en distintas maneras, interconectadas pero cada una con su propia forma de ser. Para el caso, según todos los indicios que el reguero de casos va dejando a la vista, el tema de la extorsión es contaminante en grado superlativo. Mucha gente que no pertenece a las estructuras pandilleriles asume los propósitos y los métodos de éstas para obtener beneficios fuera de la ley, y a eso contribuye sin duda la impunidad dominante en gran medida en las comunidades a lo largo y a lo ancho del país. Y por ello ya es muy difícil distinguir en la práctica entre las víctimas y los victimarios, lo cual dificulta significativamente las labores de persecución del accionar criminal en los diversos espacios territoriales.

Pero sin duda la población que se dedica a vivir correctamente dentro de la ley es mucho mayor que la que opta por seguir los caminos torcidos de la delincuencia, y a aquella población hay que protegerla de la mejor manera posible, proveyéndole al menos los apoyos elementales. Y eso empieza por garantizar la permanencia en el lugar de asiento domiciliar. La investigación y la inteligencia policiales tienen que tener más incidencia permanente en las acciones protectoras que se den en el terreno, para que la seguridad vaya recuperando espacios perdidos.

El propósito de fondo tiene que ser la normalización del diario vivir para todos y para cada uno de los salvadoreños. Si el ciudadano no está seguro donde vive todos los otros males vienen por añadidura.

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