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Es determinante dirigirse hacia un modelo de interacción social en el que nadie se sienta menospreciado o excluido

Hasta el momento, la amplia temática social ha estado contaminada de intereses ideológicos y partidarios. Es preciso poner dicha temática por encima de tales intereses, a fin de que el bien común sea la palanca principal del progreso en toda esta área.
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Por múltiples razones y en muchos sentidos estamos necesitando en el país un ejercicio de revitalización social que nos ponga, como nación, en el plano de la verdadera superación evolutiva. Si bien es cierto que el proceso que tomó impulso al inicio de la posguerra sigue avanzando, con obstáculos pero sin detenerse hasta hoy en la ruta, lo que continúa faltando, como en prácticamente todos los órdenes de la vida nacional, es un esquema integrador de todos los esfuerzos progresivos, de tal manera que los salvadoreños podamos identificar con claridad lo que tenemos en el presente y lo que queremos tener en el futuro, a la luz de las circunstancias que se van presentando en el curso del proceso.

Nadie puede negar en forma razonable que El Salvador es un país con carencias muy arraigadas en el ámbito de la funcionalidad social. Nuestros principales problemas pendientes tienen carácter estructural, y eso proviene en gran medida de no haber hecho a tiempo los reajustes que recomendaba y exigía la realidad en los sucesivos momentos históricos. Para el caso, si la democratización real hubiera tomado impulso en 1932, luego del levantamiento campesino de aquellos días, que tenía más carácter social que político, otra muy distinta habría sido la realidad de las décadas subsiguientes, y hasta hubiera sido factible evitar el conflicto bélico.

A estas alturas, y luego de tantas pruebas colectivas, algunas de ellas de la más alta intensidad y del calado más profundo en las entrañas de nuestro ser nacional, la sociedad salvadoreña va volviéndose cada vez más consciente de lo que hay que renovar y de lo que hay que corregir dentro de sí misma para que los habitantes de esta tierra podamos tener acceso a un vivir mucho más humanizado. Aunque en muchos sentidos no lo parezca, la salvadoreñidad está en proceso de reasumirse como espacio de realización de todos y de cada uno de sus integrantes, y el ejemplo vivo de lo que hacen y sienten los salvadoreños ubicados en el exterior es el mejor combustible movilizador que tenemos a la mano.

Se habla mucho en estos días de un acuerdo nacional que reviva, en otras condiciones y con distinta temática, el entendimiento que se dio para concluir por la vía pacífica el conflicto armado de los años 80; pues bien, dicho acuerdo necesario y posible tendría que comenzar por la plataforma de fondo: ese modelo de interacción social en el que participemos todos, poniendo cada quien su parte y recibiendo cada quien los beneficios de la armonía bien cimentada. Y por supuesto habría que hacer esfuerzos integrados y concertados en temas específicos, como es la reforma del sistema de pensiones, que está palpitante sobre la mesa de la discusión nacional. En este punto específico, donde hay una propuesta ciudadana de mucho calado y perspectiva, que viene a sumarse a la que ha hecho el Gobierno más bien con el propósito de aliviar su carga financiera, habría que propiciar un estudio desapasionado y a fondo, para que salga al final una decisión que tenga como propósito básico apuntalar y asegurar los beneficios de los trabajadores.

Hasta el momento, la amplia temática social ha estado contaminada de intereses ideológicos y partidarios. Es preciso poner dicha temática por encima de tales intereses, a fin de que el bien común sea la palanca principal del progreso en todo sentido. La sociedad es el ente mayor al que pertenecemos todos, y el destino de la misma determina los destinos individuales.

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