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Es determinante para la suerte del país que se hagan esfuerzos sustanciales a fin de que los jóvenes tengan futuro

Como bien dice la jefa de la Unidad de Mercados Laborales y de Seguridad Social del BID, los jóvenes que no estudian ni trabajan se van desenganchando de su futuro.
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Según datos proporcionados por el Banco Interamericano de Desarrollo, un 32.08% de jóvenes salvadoreños entre 15 y 24 años no estudian ni trabajan ni buscan empleo. La estadística es alarmante en muchos sentidos, ya que ahí está sin duda uno de los principales viveros de las conductas antisociales y delincuenciales que de manera tan desquiciante y alarmante nos están azotando con creciente intensidad. Pero ese es sólo un efecto de los tantos que derivan de la situación de ahogo de oportunidades que padece nuestra juventud; y quizás el más grave ellos en perspectiva de largo alcance sea la frustración social que se comporta como disuasivo del progreso.

Esto tenemos que vincularlo debidamente con las condiciones familiares y sociales en que ahora tienen que moverse las grandes mayorías de niños y jóvenes. A raíz de la masiva migración detonada por la guerra y acrecentada en la posguerra, la familia es hoy en el país mucho más vulnerable de lo que tradicionalmente lo ha sido, tomando en cuenta por supuesto que siempre y en importante proporción hemos padecido fragilidad y desestructuración familiar, por incidencia de factores como el machismo y la irresponsabilidad. Y, por otra parte, los esquemas educativos vienen siendo ineficaces para atraer y sostener en medida suficiente a los potenciales educandos, y los entornos sociales y de seguridad muestran deterioros cada vez más incontrolados.

En realidad, lo que está más en crisis en nuestro ambiente es la opción de futuro, y de ahí arrancan muchas de las actitudes que ahora vemos prevalecer en prácticamente todos los niveles poblacionales. Como bien dice la jefa de la Unidad de Mercados Laborales y de Seguridad Social del BID, los jóvenes que no estudian ni trabajan se van desenganchando de su futuro. Quedan a la deriva, a merced de todas las tentaciones perversas o escapistas que se hallan tan en boga.

¿Qué hacer al respecto, para detener el fenómeno destructivo de destinos personales y de viabilidad social? La respuesta no puede ser predominantemente técnica: tiene que integrar de manera virtuosa lo humano y lo formativo. Tendría que haber en principio un diagnóstico profundo de lo que pasa en el mapa nacional, a fin de generar las estrategias y las políticas correctivas y motivadoras. No basta con condenar la mala vida: hay que estimular adecuadamente la buena vida. La práctica de los valores y el acopio de las oportunidades tienen que ir estrechamente de la mano, porque si no las iniciativas se van quedando como humo de pajas.

La situación no es exclusivamente de nuestro país, pues en condiciones muy similares están otros países del entorno inmediato, como Guatemala y Honduras. Y al ser así habría que conectar esfuerzos, con el apoyo de programas como la Alianza para la Prosperidad. A la luz del tema de la migración ilegal hay que aprovechar el momento tan crítico para impulsar novedosos esquemas de convivencia, que ordenen las conductas extraviadas y propicien las conductas responsables. Habría que hacer ver, en los hechos constatables por la experiencia reiterativa, que los cantos de sirena del crimen organizado acaban en lamentos de autodestrucción.

Si la dinámica en todas estas cuestiones tan trascendentales pasa a ser positiva después de tanto tiempo de ser negativa, de seguro estaremos entrando en una fase de nuevos horizontes para el país y para su gente.

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