Es fundamental humanizar todo lo que se refiere a la convivencia tanto en los planos globales como en el orden nacional

Estamos en el momento preciso de empezar a hacer algo realmente en serio frente a este desafío deshumanizador que tanto nos afecta. No se puede seguir flotando sobre las estadísticas deplorables y angustiosas. Si no se activan todos los remedios pertinentes llegará momento en que estaremos en condición de sociedad rendida, que sería lo más grave que podría pasarnos.
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A diario se ven en todas partes conductas y acciones de crueldad extrema y de absoluto irrespeto a los derechos humanos en las diversas facetas de éstos, con lo cual queda en cruda evidencia que vivimos una época en que los sentimientos de solidaridad y de confianza se hallan constantemente asediados por las prácticas inhumanas de la más variada índole. Hechos como la violencia intrafamiliar, el auge de la criminalidad organizada y el terrorismo en su creciente gama de expresiones hacen que el panorama de la convivencia se vuelva cada vez más riesgoso e inseguro. Y este es un fenómeno de proporciones globales, que en algunos sitios como el nuestro adquiere condición epidémica. En el punto de los homicidios generados por la violencia imperante hace mucho que estamos por arriba de lo que se considera una situación de extrema gravedad.

Hay que decir también que el estado de cosas antes aludido ha provocado toda una corriente promotora de correctivos para ir eliminando los trastornos que deshumanizan la convivencia. Pero eso no podría prosperar como se debe sin que exista un ejercicio de revaloración del comportamiento humano, que tiene que comenzar en la familia, avanzar en la escuela y hallar espacios abiertos en la sociedad. Tendría que ser una especie de cruzada global, impulsada por la práctica de valores morales y espirituales en forma intensiva y organizada.

En los ámbitos globales, las acciones y los procederes inhumanos van ganando terreno, por distintas vías. Los casos recentísimos de los atentados en París y en San Bernardino grafican esto en forma terrorífica. Es claro que aparte de luchar contra todas las formas del crimen, sean cuales fueren las banderas con que se arrope, hay que empezar a promover en serio un nuevo humanismo, que tenga también proyecciones globales, porque ahora ya nada de lo verdaderamente significativo puede reducirse a zonas o países.

En lo que toca a nuestro país, esa labor reconstructora de la sana convivencia se vuelve aún más imperiosa y urgente porque padecemos una plaga de violencia verdaderamente invasiva. Esto no se va a resolver con leyes dispersas o con estrategias parciales: como hemos reiterado cada vez que es oportuno, hay que poner en marcha un proyecto de fondo, que abarque todos los componentes de la densa problemática, y que no se centre sólo en lo legal y lo institucional, sino que abarque lo cultural, lo educativo y lo humanístico, pues sin esa conjunción integrada no es factible lograr resultados de largo alcance.

Estamos en el momento preciso de empezar a hacer algo realmente en serio frente a este desafío deshumanizador que tanto nos afecta. No se puede seguir flotando sobre las estadísticas deplorables y angustiosas. Si no se activan todos los remedios pertinentes llegará momento en que estaremos en condición de sociedad rendida, que sería lo más grave que podría pasarnos.

La deshumanización creciente es el peor mal de todos, porque constituye el caldo de cultivo de todos los otros males. Hay que hacer conciencia al respecto de manera persistente para que nadie se quede al margen del esfuerzo que se necesita.

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  • crueldad
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  • criminalidad
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