Es fundamental mantener la estabilidad institucional para hacer factible que vayan generándose iniciativas de verdadero progreso

En estos momentos, la principal fuente de inseguridad la constituyen las resistencias políticas a dejar la vía de la confrontación intransigente para pasar a los mecanismos del entendimiento razonable.
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A lo largo de este ya casi cuarto de siglo desde que se inició la posguerra en el país ha habido muchas tareas por hacer y también muchas insatisfacciones por la falta de efectividad suficiente en el desempeño de dichas tareas, pero algo abona muy en positivo para que podamos salir adelante pese a los diversos obstáculos hallados en el camino: la estabilidad institucional que presenta el régimen político. Esto habría que contrastarlo con lo que se vivía inmediatamente antes del inicio del conflicto bélico, que era la inestabilidad derivada de los periódicos quiebres en el orden establecido provocada por aquella figura afortunadamente superada, que era el golpe de Estado. Desde que la democracia comenzó su andadura allá en los años 80, en ningún momento ha habido peligro de ruptura institucional, ni aun en los más aciagos momentos de la guerra.

Este hecho perfectamente constatable está en directa relación con el progresivo desenvolvimiento de nuestro proceso democrático, que viene haciendo su propia ruta aun en medio de múltiples dificultades y desatinos. En estos momentos, la principal fuente de inseguridad la constituyen las resistencias políticas a dejar la vía de la confrontación intransigente para pasar a los mecanismos del entendimiento razonable. Y eso, aunque pudiera encontrar explicaciones en la falta de experiencia en el ejercicio de la democracia, no puede hallar justificaciones que compaginen con lo que ahora es posible y exigible. Tenemos que aprender a convivir de manera civilizada dentro del pluralismo natural que se manifiesta en cualquier sociedad, y tal aprendizaje sólo es realizable cuando se pasa en serio al campo de los hechos.

Los salvadoreños somos descuidados y casi siempre reacios a la hora de reconocer los logros derivados de nuestra experiencia histórica, que nunca ha sido fácil de lograr ni de sostener. Por el contrario, lo que viene imperando es una especie de negatividad autoflagelante, como si todo lo que tuviéramos fuera fruto de la mala suerte. En verdad hay gran cantidad de cosas por reconsiderar, por redireccionar y por corregir, pero también hay un buen cúmulo de avances positivos, que en ningún caso habría que dejar de lado. Entre éstos, el principal de seguro encarna en el nuevo escenario político que surgió de la solución sin vencedores ni vencidos que le puso fin al enconado conflicto bélico interno que duró en el campo de batalla más de una década.

Contra todos los pronósticos pesimistas y catastrofistas, que nunca faltan, el proceso democrático ha ido avanzando a lo largo de los años, y uno de los frutos más relevantes de dicho avance se concreta en el hecho de esa estabilidad institucional que estamos señalando. Independientemente de cuál sea el juicio que merezcan las acciones e inacciones de los sucesivos Gobiernos en función, queda claro que eso puede incidir, y lo hace, en las valoraciones que luego se convierten en juicios electorales en las urnas, pero sin alterar el esquema legal que le da sustento al proceso. Y el que sea así debería fortalecer la convicción de que el país tiene suficientes bases de sostén para seguir avanzando en la línea de su evolución positiva.

La institucionalidad, que siempre estuvo expuesta a todos los desafueros del poder, hoy tiene un vigilante cada día más potente, que es el ojo ciudadano. Fortalezcamos, pues, el sentido de ciudadanía, en función de potenciar la normalidad de los distintos esquemas de vida tanto personal como comunitaria y nacional. Es un esfuerzo al que hay que apostarle sin reservas.

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