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Es fundamental para el país que se vayan generando cada vez más signos positivos que nos permitan avizorar un mejor futuro en todos los órdenes

Aun los signos más simbólicos, como por ejemplo la investidura del primer Cardenal salvadoreño en el consistorio que tuvo lugar ayer en El Vaticano, deben ser asumidos como señales de confianza inspiradora en la potencia del espíritu nacional. Necesitamos fortalecer constantemente dicho espíritu, de tal forma que pueda mantenerse firme a pesar de todo.
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La atmósfera nacional viene estando saturada de negatividades y de conflictividades aun cuando la conclusión pacífica del conflicto bélico auguraba en su momento un desempeño nacional de grandes expectativas hacia adelante. Sin duda, el factor que con mayor fuerza detuvo dicho impulso transformador fue el hecho de que en los niveles más altos del poder tanto político como económico y social no se tomó la debida conciencia de lo que había que hacer para que el proceso nacional entrara en una dinámica verdaderamente nueva; y entonces las incertidumbres, los desalientos y los malestares comenzaron a proliferar, haciendo sentir que el país no tenía condiciones para avanzar hacia un verdadero progreso.

En estos momentos, la avalancha de los problemas ha sobrepasado los límites de lo soportable, y por eso tanto la institucionalidad como la sociedad viven a diario apremios que absorben prácticamente todas las energías disponibles. En tales circunstancias, lo que se impone es el imperativo de hacer de inmediato un cambio de actitudes y un renuevo de propósitos, a partir del necesario reenfoque de la problemática pendiente, para que ningún tema vital quede fuera del esquema de trabajo. Eso requiere que se dé un nuevo dinamismo de comunicación y de colaboración entre el sector público y el sector privado, cuyo esfuerzo compartido es absolutamente indispensable para avizorar salidas hacia el desarrollo y la prosperidad.

En muchas formas se ha venido pidiendo y exigiendo que las organizaciones nacionales y sus liderazgos entren en fase de acercamientos constructivos, más allá de las naturales y normales diferencias que determina el pluralismo social. Esto sólo podrá producirse si se dejan a un lado algunos prejuicios de alto poder destructivo como es el que pone las ideologías y los intereses de sector o de grupo por encima del bien común, de la normalidad democrática y del bienestar ciudadano. En una convivencia democrática real y efectiva todos tienen que aportar con lo suyo, en los distintos campos del quehacer colectivo; y esa participación inteligente y responsable no debilita a nadie sino que los fortalece a todos.

Aprendamos a valorar la salvadoreñidad en todas sus expresiones, haciendo énfasis en el propósito de potenciar lo positivo, que, en medio de cualquier despliegue de adversidades, siempre existe y se hace presente. Los salvadoreños, a lo largo del tiempo, hemos sido capaces de mantener viva la esperanza en medio de las adversidades, las tribulaciones, la frustración y el desaliento. El hecho de que haya una inmensa cantidad de connacionales dispuestos a ir a buscar un futuro más bonancible fuera de nuestras fronteras a pesar de los peligros y de los sacrificios que eso implica es la mejor prueba de ello.

Aun los signos más simbólicos, como por ejemplo la investidura del primer Cardenal salvadoreño en el consistorio que tuvo lugar ayer en El Vaticano, deben ser asumidos como señales de confianza inspiradora en la potencia del espíritu nacional. Necesitamos fortalecer constantemente dicho espíritu, de tal forma que pueda mantenerse firme a pesar de todo.

Propongámonos todos trabajar en serio por El Salvador y su destino presente y futuro. Tal disposición abrirá cada vez mayores opciones constructivas y renovadoras para los salvadoreños en general. Esa tarea no admite evasivas ni dilaciones.
 

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