Es hora de entender en nuestro medio que es cuestión determinante hacer valer la austeridad, pero en forma creativa y sustentada

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Una de las cosas más fáciles y perniciosas que hay en la vida es querer traspasar todos los límites cuando se trata de prestarles atención y darles servicio a las aspiraciones más arraigadas de cada quien. Y es que la disciplina en el reaccionar y en el quehacer nunca viene en forma espontánea y mecánica: ella es siempre manifestación de los resultados de un proceso de aprendizaje de la conducta, que como todas las funciones disciplinarias requiere convicción, entrega, seriedad y responsabilidad debidamente articuladas. En ese plano se vuelven plenamente inexcusables el compromiso con la verdad y el respeto indeclinable a las sanas prácticas en todos los órdenes y sentidos. La educación tanto familiar como escolar juegan aquí un rol definitivo, y el buen ejemplo social funciona como un espejo que va revelando todos los detalles de las correspondientes conductas personales y sociales.

Los desbordes de cualquier tipo se van reproduciendo como deslaves de expansiva destructividad. Esto puede advertirse en todas partes, porque no hay sociedad que esté inmunizada frente a los efectos del mal proceder. Y esto podemos constatarlo hoy con más elocuencia que nunca, porque los desafíos del momento son más apremiantes que en cualquier momento, lo cual hace que las complejidades se multipliquen y que los riesgos tomen impulso. Lo que la razón aconseja siempre es reaccionar con sensatez, actuar con mesura y no perder en ningún momento la visión de perspectiva, para que todas las acciones se vayan enfilando hacia ese horizonte de progreso en el que todos debemos estar presentes. Y en todo este panorama la incidencia del poder, tanto económico como político, es pieza que hay que mantener a la vista sin cesar.

Nuestro país transita, en las circunstancias actuales, por un período de vida sociopolítica que se nos ha venido por efecto inequívoco de las múltiples inconsistencias, los reiterados abusos y las progresivas falsedades acumuladas en el curso del tiempo. Nuestra evolución ha sido un despiste constante, y por eso ahora se hace tan presente el impulso imperativo de un cambio que hay que saber administrar razonablemente, para que el remedio no vaya a ser peor que la enfermedad. Ese cambio al que nos referimos trae una lógica muy peculiar, porque no es calculado al estilo tradicional –es decir, por intereses específicos–, sino que proviene de la voluntad generalizada de la gente.

Estamos, pues, en un escenario nuevo, que demanda comportamientos también nuevos, que rompan con las viejas arbitrariedades y activen disciplinas acordes al presente; entre las que destaca, en uno de los primeros lugares, la exigencia de autodisciplina en todos los órdenes. Y aquí ubicamos el tema de la austeridad, que siempre ha sido manipulado al antojo del poder, lo cual ha traído graves desajustes. Y ahora es más imperioso que nunca, porque las tentaciones del gasto descontrolado en clave populista nunca se sacian. Dichas tentaciones deben estar bajo control, porque no hacerlo es agregarle peligrosísimas incertidumbres a las que ya tenemos.

El Salvador es una realidad cargada de desafíos, y dicha carga ya está en el límite de lo insostenible. Es hora, pues, de trabajar en común, con la armonía básica que las circunstancias exigen más que nunca antes. Cuando se dicen cosas así, abundan alrededor los gestos irónicos de desconfianza, como diciendo: "¿Y cómo va a ser eso posible cuando lo que se ve en el día a día es el imperio del choque y la saturación de las intransigencias excluyentes?" Pues bien, cuando eso se da es cuando más hay que insistir en la lógica de lo que significa hacer bien las cosas.

Y volviendo al tema, para que la austeridad funcione de veras no sólo hay que asumirla con plena conciencia, sino practicarla de la manera más responsable y convincente. Y además darla a conocer en lo que significa y representa en las circunstancias concretas. La incultura del despilfarro, sean cuales fueren los disfraces que se le provean, siempre lleva al despeñadero. La austeridad nunca es fácil ni cómoda, pero es el único manejo que garantiza la sostenibilidad del progreso real.

En el país, la ola del endeudamiento público es verdaderamente alarmante, y debería ser angustiosa para todos. Y si seguimos en esa línea, más temprano que tarde llegaremos a la inoperatividad extrema, de la cual siempre es complicadísimo salir. Hay que ordenar y programar el gasto, asegurando la efectividad del caso. Austeridad y efectividad deben ir siempre de la mano, para que las cosas marchen.

Sin duda, lo que más se necesita en nuestro ambiente, como elemento impulsor generalizado, es eso a lo que hacemos referencia a cada paso: la sensatez en todos los sentidos y niveles. Y lo seguiremos subrayando aunque la cotidianidad parezca mirarnos con sonrisa incrédula.

Y es que, si estamos realmente en la ruta del cambio, hay que privilegiar a toda costa la coherencia entre los propósitos y las acciones para conseguirlos. No hay otra manera de funcionar como se debe.

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