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Es hora de que los políticos se abran a dar respuestas oportunas y efectivas a los grandes problemas nacionales

Para que el país comience a funcionar como una totalidad integrada y puesta en ruta hacia sus grandes objetivos, es indispensable poner en marcha la dinámica del consenso. Se trata de entenderse para servirle al bien común y no para servir a los intereses de ningún grupo o sector.
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Desde hace ya bastantes meses, la onda electoral viene haciéndose sentir de distintas maneras en el ambiente nacional. Esto no es, en sí, un acontecer negativo, porque la competencia política tiende a expandirse en el tiempo a medida que la activación democrática gana protagonismo en los hechos. Desde luego, lo sano es que los dinamismos de toda índole se manifiesten de tal manera que lejos de traumatizar la realidad contribuyan a orientarla y a proveerle insumos constructivos. Esto debe ser parte visible de un aprendizaje político y social que hay que mantener constantemente activo para que el perfeccionamiento democrático adquiera categoría de dinámica ejemplarizante en todas sus manifestaciones.

El prolongado ejercicio de competencia política de cara a la decisión popular en las urnas, que ya tuvo su primer momento de definición el pasado 4 de marzo y que tendrá su segundo momento decisivo el próximo 3 de febrero de 2019, debe ser asumido como una oportunidad para calibrar el ánimo ciudadano y para reconocer la capacidad propositiva que se pone en juego. En lo que toca a lo primero, lo más relevante del 4 de marzo fue la cruda reprimenda que le dio al electorado al partido gobernante; y en lo que corresponde a lo segundo, lo que aparece con más relieve es la necesidad de presentar propuestas que trasciendan la irrelevancia tradicional y pasen al plano del tratamiento consistente de los problemas que están en primera línea.

La coyuntura electoral actual viene entonces a ser una oportunidad que no podría haber venido más a tiempo. En los meses próximos, los partidos y sus candidatos tienen a su disposición el escenario para mostrar lo que proponen para darles salidas a las distintas encrucijadas en que el país se encuentra. Esta, pues, más que una competencia electoral es un muestrario de habilidades políticas y de capacidades ejecutivas, y todos los actores en juego tendrán que asumirlo así, con inteligencia y con visión.

Para que el país comience a funcionar como una totalidad integrada y puesta en ruta hacia sus grandes objetivos, es indispensable poner en marcha la dinámica del consenso. Se trata de entenderse para servirle al bien común y no para servir a los intereses de ningún grupo o sector. En ese sentido, la traumática situación de Nicaragua debe servir de ejemplo de lo que no hay que hacer: ahí el despotismo político entró en alianza con un empresariado dispuesto a aceptarlo todo con tal de que se le dejara en libertad de lograr sus objetivos; y tal perversión está haciendo repentina crisis, dejando al descubierto la falencia básica del esquema. Lo que en verdad se necesita es asegurar el progreso y la estabilidad sin poner en riesgo ninguno de los principios y valores de la auténtica democracia.

Esperamos que los equilibrios de poder que se están configurando en el escenario político nacional hagan posible que los problemas nacionales puedan ir entrando en fase de soluciones verdaderas, y esto sería un salto de calidad que la situación está exigiendo y la ciudadanía está demandando. Para eso hay que abrir las mentes y racionalizar los enfoques.
 

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