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Es imperioso que todos los comportamientos sociales estén regidos por el respeto, la solidaridad y la compasión para avanzar hacia un país más humano

El respeto a la vida en todas sus manifestaciones es fundamental para que el ser humano se desarrolle como tal; y dicho respeto implica la puesta en práctica de valores como la solidaridad, la tolerancia, la compasión y la justicia, entre otros. Y eso hay que extenderlo a cuanto nos rodea.
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Los diversos y sucesivos fenómenos de violencia y de destrucción que los salvadoreños venimos padeciendo a lo largo del tiempo han hecho que nuestro país esté permanente inserto en una espiral de deshumanización que provoca a diario estragos y trastornos de la más diversa índole. En verdad, desde siempre ha imperado una sensación de inseguridad, de variadas causas pero con consecuencias que en todo caso perturban y erosionan el ambiente. El clímax de tal situación pareció llegar con la guerra desatada en el terreno; pero en esta prolongada posguerra las inseguridades se han multiplicado, hasta el punto que en muchos sentidos lo que hoy se vive resulta aún más perturbador que lo que se vivió en épocas anteriores.

Hay sin duda un grave fermento destructor que hace de las suyas en el ambiente, aunque al mismo tiempo hay que reconocer que la evolución democratizadora también ha seguido su curso, y eso acarrea impulsos e iniciativas para reconducir hacia el plano positivo las conductas tanto de los individuos como de los grupos sociales y de la sociedad, que es sujeto actuante en todos los órdenes de la vida nacional. Es decir, si bien las condiciones imperantes son distorsionadoras en múltiples expresiones concretas, también hay una reacción creciente en pro de orientar los acontecimientos que se van dando en el día a día hacia el respeto y la concordia. Y en esa tendencia los jóvenes están dando un aporte de gran significación para el presente y para el futuro.

En toda esta temática se juntan ingredientes sociales, morales, legales y aun espirituales. El respeto a la vida en todas sus manifestaciones es fundamental para que el ser humano se desarrolle como tal; y dicho respeto implica la puesta en práctica de valores como la solidaridad, la tolerancia, la compasión y la justicia, entre otros. Y eso hay que extenderlo a cuanto nos rodea. Así, para el caso, tenemos que intensificar en forma eficaz la protección al entorno natural en sus incontables componentes y expresiones, para poder estar en paz y en armonía con la Naturaleza, que es nuestro espacio vital y siempre lo será.

El trágico y salvaje suceso que llevó a la muerte a Gustavito, el hipopótamo que estaba en el Parque Zoológico Nacional, ha despertado incontables reacciones de repudio por lo sucedido y de clamor para que no se repita. Las autoridades tienen la pelota en sus manos, y ya hay iniciativas en marcha para castigar de veras los actos de maltrato animal, en cualquier forma en que se manifiesten. Esto es parte de la modernización humanizadora que tanto se está necesitando para que nuestra sociedad en su conjunto se encamine hacia el progreso integral. Y ojalá que acontecimientos tan condenables como el que comentamos impulsen cada vez más el compromiso con la vida y con la sana convivencia entre nosotros, los que estamos aquí en una hora tan crucial para nuestra evolución.

En estos días se ha revivido el tema de la enseñanza de la moral y la cívica en los ámbitos de la educación formal. Hay que hacer, al respecto, todo lo que se requiera a fin de que dicha enseñanza sea verdaderamente sustantiva y formadora. En la familia, en la escuela y en la sociedad hay que educar el carácter y la conducta, para que los nuevos salvadoreños tengan bien asimilados los valores que posibilitan una vida sana, respetuosa y productiva en todos los sentidos. Es lo que se precisa para salir de veras adelante.

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