Es imprescindible que la política se limpie de todas las distorsiones que siguen trastornándola

Y por más muestras cada vez más patéticas de que ello es así, pareciera que los núcleos de poder político se resisten, con tozudez intransigente, a entrar en el autoanálisis, en la autoevaluación y en la autocrítica.
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No nos cansaremos de recordar que los salvadoreños tenemos ya casi un cuarto de siglo de estar transitando una nueva época histórica, marcada por la preguerra, por la guerra, por el fin de la guerra y por la misma posguerra, cada una de esas cuatro etapas con sus respectivas características, posibilidades, limitaciones y proyecciones. Si algo nos ha faltado en el país es tomar verdadera conciencia de dicho tránsito, y a partir de ahí realizar los análisis correspondientes y potenciar los enfoques concretos pertinentes. La preguerra fue la entrada en crisis definitiva del modelo autoritario de gestión política en el país; la guerra escenificó en el terreno la lucha de dos proyectos políticos irreconciliables: el modelo tradicional y el modelo revolucionario; el fin de la guerra trajo un horizonte inesperado: solución política en vez de solución militar; y la posguerra es el despliegue de las responsabilidades democratizadoras en el nuevo escenario.

Si en cada una de esas etapas se hubieran recogido a tiempo las respectivas lecciones, de seguro nuestro país hubiese tenido un avance mucho menos traumático y confuso. Dichas lecciones podrían sintetizarse así: preguerra, insostenibilidad del poder autosuficiente; guerra, inviabilidad del criterio militar como norma de vida civil; fin de la guerra, prevalencia de la lógica democrática en la que no hay vencedores ni vencidos; posguerra, confirmación orgánica permanente de la fórmula que resolvió la guerra. Lo que se necesita para seguirle el hilo a la realidad, en función de entender su dinámica sucesiva tal como se desenvuelve en una sociedad y en un tiempo determinados, es poner en movimiento la razón histórica, no como ejercicio intelectal sino como método práctico.

Querer vivir sin método es, en cualquier ámbito o circunstancia, una riesgosa apuesta a lo imprevisible. Es lo que le ha venido pasando a la política en el país. Y por más muestras cada vez más patéticas de que ello es así, pareciera que los núcleos de poder político se resisten, con tozudez intransigente, a entrar en el autoanálisis, en la autoevaluación y en la autocrítica. Esto, en sí mismo, merece ser considerado a fondo como una constante histórica digna de atención correctiva suficiente.

Hemos mencionado el autoanálisis, la autoevaluación y la autocrítica; y falta decir que en la base de todo ello está la autoconciencia. Sólo si se ejercita la autoconciencia es posible activar los mecanismos de la inteligencia emocional, algo que no sólo se aplica al sujeto individual sino también a todos los sujetos colectivos; entre estos, desde luego, los sujetos políticos, que encarnan en fuerzas actuantes de variada índole. Los partidos políticos son sujetos con vida propia, que necesitan desarrollar y explicitar su autoconciencia, porque existen con el propósito básico generar reprresentación en los distintos planos del quehacer público. Y el hecho de que tal autoconciencia se mantenga en niveles de lastimosa elementalidad es un factor de invalidez que afecta todo el sistema de vida del ente social en general.

Las principales distorsiones que sufre la política en nuestro medio no derivan de la objetividad de los problemas sino de la subjetividad de los enfoques sobre los mismos. Una subjetividad constantemente contaminada de prejuicios y de temores. Hay, por ejemplo, una curiosa paradoja: abunda la retórica política del “cambio” y al mismo tiempo los sujetos políticos se resisten visceralmente a cambiar. A estas alturas, los respectivos idearios partidarios están a todas luces anclados en condiciones de otros tiempos, que son los de la preguerra y de la guerra, y por eso el olor del ambiente se ve cruzado a cada rato por ráfagas de inocultable obsolescencia.

Lo que sí genera novedades dignas de la máxima atención es la forma en que la ciudadanía se hace cada vez más visible en el hacer político nacional. Esto responde a los impulsos democratizadores que van tomando presencia creciente en todos los órdenes de la vida del país. Dichos impulsos están en directa conexión con las energías propias de la fase evolutiva que vivimos, lo cual debe estimular las depuraciones y las correcciones que sean pertinentes para que el progreso real, al que con tanto derecho aspiramos como sociedad, pueda arraigar de veras en los hechos.

A las fuerzas políticas en juego, y en pàrticular a las dos más poderosas por decisión popular persistente, les corresponde tomar la iniciativa del cambio de actitudes en el país, y eso es lo que la realidad les demanda día tras día.

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