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Es indispensable empezar a desarrollar en el país una cultura del sentimiento patriótico

La Patria es, en su dimensión y en su expresión más profundas, un compromiso espiritual, que se manifiesta en la cotidianidad como un vínculo de pertenencia.
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Nuestra tradición, en lo que a esquemas y movimientos de conducta interrelacional se refiere, ha estado marcada en forma sistemática por antivalores como el intolerancia y el rechazo. Esto tiene un efecto autodestructivo de alto impacto en todas las formas de convivencia, y lo más grave es que, con el paso del tiempo, tal efecto viene pronunciándose cada vez más, como si las contradicciones se hubieran convertido en el pan de cada día, con masticaciones crecientemente contaminadas y contaminadoras. Este fenómeno tiene desde luego causas profundas en el ambiente, y sin duda el factor de mayor incidencia es el perverso ejercicio del poder, que desde siempre viene haciéndose sentir, aunque el paso del autoritarismo formal a la democracia en proceso mande hoy señales que, en sí mismas, son muy pometedoras.

Hemos señalado en múltiples ocasiones, porque tal señalamiento responde a una convicción personal de muy larga data, que para que la sociedad salvadoreña pueda funcionar realmente como tal los salvadoreños, sin distinción ningún tipo, debemos reconocer que todos, absolutamente todos, somos responsables del destino nacional y de la suerte del conglomerado en general. El hecho de no haber contado, a lo largo del tiempo, con una conciencia real y actuante que corresponda a dicha responsabilidad nos ha generado tensiones y rupturas que en su momento fueron perfectamente evitables. El que hoy estemos como estamos es la más dramática prueba viva de que tratar de desconectarse de lo que somos como unidad social indisoluble es la más perversa receta de la inefectividad histórica.

En el curso de nuestra evolución, lo que se ha impuesto con más fuerza es el divisionismo interno, hasta el punto que la salvadoreñidad llegó a convertirse en una especie de escenario con límites internos intraspasables. Como decíamos hace un instante, el principal factor divisivo ha sido el ejercicio compulsivo y abusivo del poder, que desde luego se ha venido aprovechando de las divisiones internas para su malsano beneficio. Dichas divisiones han fragmentado el mapa social, desmembrado el fenómeno económico y pervertido el esquema político. Pero afortunadamente las mismas consecuencias del fenómeno divisivo y fracturador han ido llegando a un punto de autoparálisis, luego de intentar el recurso extremo de la guerra interna, que al final fracasó como reproductora de su propia distorsión.

Hoy estamos construyendo democracia, pese a todos los pesares. Y como la democracia es eminentemente integradora por medio del manejo inteligente de las diferencias, lo que tenemos entre manos es el imperativo de reconocernos como integrantes del conglomerado nacional que en términos identificatorios entrañables es conocido como Patria. La Patria es, en su dimensión y en su expresión más profundas, un compromiso espiritual, que se manifiesta en la cotidianidad como un vínculo de pertenencia. Se pertenece a la Patria como se pertenece a la familia. Y de seguro el hecho de que en nuestro ambiente la familia esté tan afectada por los virus de la disfuncionalidad hace que la Patria se halle en un trance tan desvitalizador, así como, en círculo vicioso, el hecho de que la Patria casi no se haga sentir hace que la familia parezca cada vez más un desorientado fantasma de sí misma.

Lo que en verdad estamos necesitando es una cura intensiva de nuestros componentes anímicos fundamentales. Los salvadoreños, ahora mismo, padecemos anemia moral, que puede llegar a poner en riesgo la supervivencia de nuestro ser colectivo. Esto no es alarmismo intelectual, sino expresión de un anhelo profundamente sentido de recuperar nuestras energías vitales más características, que desde luego las tenemos aunque por momentos la realidad nacional llegue a parecer un zombi que anda a la deriva.

Ahora que estamos en vísperas de entrar en el llamado Mes de la Patria, lo que tendría que motivarse, por encima de las celebraciones circunstanciales, es el autorreconocimiento de la esencia nacional, en la que todos tenemos parte. El Salvador es alma y vida, y hacerlo valer así constituye la mejor meta de todos nuestros afanes. El reto de todos tiene que ser que El Salvador funcione como un hogar verdaderamente responsable. Se debe y se puede lograr, siempre que los viejos divisionismos queden recluidos en el baúl de los malos recuerdos.

Tags:

  • antivalores
  • intolerancia
  • democracia
  • patria

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